La interpretación de Sura al-Masad (El Esparto) - Cap. Nº 111 del Corán

La Interpretación Ejemplar del Sagrado Corán
Sura al-Masad (El Esparto) - Nº 111
Esta sura fue revelada en La Meca, consta de cinco aleyas.
 
Contenido y mérito de su lectura
Esta sura mequinense, fue revelada en los inicios de la convocatoria pública del Profeta (PB). Es la única, que nombra y ataca duramente, a uno de los enemigos del Islam. Esto es una demostración de que aquella persona, guardaba una particular enemistad hacia el Profeta (PB). Tanto este hombre como su esposa, no se privaban en absoluto de agraviarlo con toda clase de insultos, molestias y ofensas. Muy claramente el Corán, anuncia que ambos serían moradores del Infierno y que ya no existía ninguna vía de salvación para ellos. Este anuncio se hizo realidad, ya que finalmente ambos murieron incrédulos.
Dijo el Profeta (PB), respecto al mérito de su lectura: “Es mi esperanza que a quien la recite, Dios no lo haga jamás morador de la misma casa de Abu Lahab”. (O sea que su morada será el Paraíso y no la morada de Abû Lahab, que será el Infierno).[1]
Es obvio que tal mérito pertenecerá a quien se aparte de la línea de Abu Lahab y no a quienes pronuncian la sura con su lengua y luego proceden como él.
Relata Ibn ‘Abbâs: Luego de que se revelara la aleya “Y amonesta a tus parientes más próximos”, el Profeta (PB) ascendió a la montaña de Safâ y con fuerte voz clamó: “Iâ sabâhah” (expresión comúnmente usada para advertir a las multitudes en una ocasión importante y también para difundir públicamente noticias terribles). Su voz atrajo a un gran número de personas pertenecientes a diferentes tribus. Él llamó a las tribus árabes por su nombre y dijo:
“¡Gentes!, si yo afirmara que detrás de esta colina se halla un ejército enemigo que quiere atacarlos, ¿me creeríais?”. “Sí”, respondieron todos, “porque jamás te oímos mentir.”
Entonces continuó el Profeta (PB): “¡Gentes! ¡Salvaos del Fuego (del infierno)! No puedo hacer otra cosa más que advertiros!”. Luego agregó: “Mi posición ante vosotros es igual a la de la persona que divisa al enemigo desde lejos y advierte a su pueblo de ello”. Sus palabras, infundieron temor en sus corazones. Abu Lahab rompió el silencio diciendo: “¡Muerte a ti! ¿Para decirnos esto nos has convocado?”. Y la muchedumbre comenzó a dispersarse.
En esa ocasión, se reveló la sura.
La esposa de Abu Lahab se llamaba Umm Yamîl. Una versión sostiene, que cuando descubrió que la sura iba dirigida a ellos, comenzó a buscar al Profeta (PB), tomó una piedra y dijo: “He oído que Muhammad se ha burlado de mí. Juro que si lo encuentro me vengaré. Que sepa que yo también soy poetisa.” Entonces recitó algunas poesías que había escrito denigrando al Profeta del Islam (PB).[2]
El peligro que ocasionaban Abu Lahab y su esposa, no se limitaba a este tipo de proceder y si el Corán se lo reprocha de un modo especial, es porque tiene suficientes motivos, que en breve expondremos.
Nº 111 - Sura al-Masad (El Esparto)
Bismil lâhi ar rahmâni ar rahîm
1. Tabbat iadâ abî lahaben ua tabb
2. Mâ agnâ ‘anhu mâluhu ua mâ kasab
3. Saiaslâ nâran dhâta lahab
4. Uamra’atuhu hammâlatal hatab
5. Fî yîdihâ hablun min masad.
 
En el nombre de dios, el compasivo, el misericordiosísimo
1. ¡que se corten las manos de abu lahab! ¡y muerte a él!
2. De nada le valdrá su hacienda ni tanto lucro.
3. Entrará en el fuego llameante,
4. Lo mismo que su mujer, la portadora de leña
5. Que llevará a su cuello una soga de esparto.
 
1. Tabbat iadâ abî lahaben ua tabb
1. ¡que se corten las manos de abu lahab! ¡y muerte a él!
La sura, constituye una respuesta a las ofensas de Abû Lahab, quien era tío del Profeta (PB) e hijo de ‘Abdul Muttalib. Era sin duda, uno de los más encarnizados enemigos del Islam.
En la primera aleya, encontramos el término “Tabb”, que según Râgueb, significa pérdida continua y permanente, y según Tabresî, significa pérdida que desemboca en la muerte. Algunos lo definen como “cortar”. Esta pérdida puede ser mundanal y eterna o también ambas.
Aquí surge una pregunta: ¿Por qué el Corán en esta sura, se dirige a una persona en particular y hasta da su nombre, siendo que no es su estilo? La respuesta se esclarece, si investigamos la posición que Abu Lahab, tomaba respecto a su propio sobrino.
Su verdadero nombre era ‘Abdul Uzza (el siervo del ídolo Uzza), pese a que se lo apodaba Abu Lahab, que significa “padre de la llamarada”. Él y su esposa, hermana ésta de Abu Sufiân, eran de los más acérrimos enemigos del Islam y quienes ocupaban la mayor parte del tiempo, en escarnecer y difamar al Enviado de Dios (PB).
Relató Târiq Muhâribî: “Me encontraba en el mercado de Dhil-Maÿâz (sitio cercano a Arafat, poco distante de La Meca). Oí a un hombre clamar: “¡Gentes! Atestiguad que no hay divinidad sino Dios, y así saldréis victoriosos y venturosos!”. Detrás suyo, caminaba un hombre que le arrojaba piedras y lo hería. Éste gritaba: “¡Gentes!, éste no es más que un farsante, no le escuchéis.” Interrogué sobre el primer hombre y me respondieron que era un tal Muhammad, que se atribuía la profecía. En cuanto al otro, que era su tío Abû Lahab”.[3]
Narró Rabiat ibn ‘Ibâd: Me encontraba junto a mi padre, y vi al Enviado de Dios (PB), dirigirse a diversas tribus árabes; las convocaba una a una y les decía: “Fui enviado por Dios a vosotros, no adoréis más que a un sólo Dios, no le atribuyáis copartícipes...” Cada vez que él terminaba de hablar, un hombre bizco iba detrás suyo y clamaba: “¡Oh tribu! Él sólo desea, que vosotros abandonéis a Lat y a Uzza y a vuestros aliados de entre los genios, para que sigáis su extravío. No lo escuchéis, no sigáis sus pasos”. Cuando pregunté de quién se trataba, me respondieron: “Es su tío Abû Lahab”.[4]
También sabemos que, cada vez que un grupo árabe no mequinense entraba en la ciudad de La Meca, a fin de investigar sobre el nuevo Profeta (PB), visitaba a Abû Lahab, dado el parentesco que lo unía a Muhammad y dada también su edad avanzada, y él decía: “Muhammad es un hechicero”. Sin cerciorarse de estas palabras y sin visitar al Profeta (PB), regresaban a sus respectivas ciudades. Cierta vez, un grupo de viajeros aseguró: “No regresaremos sin entrevistarnos previamente con Muhammad.” Sin embargo, Abû Lahab dijo: “Incesantemente hemos tratado su locura. ¡Muerte a él!”.[5]
De todo esto, deducimos que, en la mayoría de las ocasiones, Abû Lahab perseguía al Profeta (PB) cual si fuese su sombra; que no se cansaba de perturbarlo y que casi siempre trataba de hacerlo, utilizando términos ofensivos y chocantes. Fue quizás por eso, considerado el peor de sus enemigos. Además, fue su único pariente que no firmó el pacto de apoyo al Profeta (PB) por parte de Banî Hâshim. En cambio, sí participó en los pactos que urdía quien se le oponía.
Haciendo una pequeña revisión de su vida, podemos descubrir por qué el Corán cita su nombre.
2. Mâ agnâ ‘anhu mâluhu ua mâ kasab[6]
2. De nada le valdrá su hacienda ni tanto lucro.
Él era muy rico y arrogante y se respaldaba en su poderío cuando realizaba actividades anti-islámicas.
3. Saiaslâ nâran dhâta lahab
3. Entrará en el fuego llameante,
Si su nombre era Abû Lahab, sepan que el fuego que lo castigaría también sería “Lahab” y sus llamaradas serían grandiosas. Sepan todos que la riqueza y la posición social, no sólo no podrán salvar a Abû Lahab, sino tampoco a ningún malhechor o incrédulo. Dice el Sagrado Corán: “día en que no valdrán hacienda ni hijos, salvo quien comparezca ante dios con un corazón puro”. (Corán 26: 88,89)
Sin duda alguna, la aleya hace alusión al fuego infernal, aunque algunos sostienen que incluye también el fuego terrenal.
Según narraciones, después de la batalla de Badr y la rotunda derrota que sufriera Quraish, Abû Lahab, preguntó a Abu Sufiân, los detalles de la misma, ya que él no había participado en la expedición. Abu Sufiân se lo relató y luego agregó: “Te juro que había entre el cielo y la tierra, jinetes que secundaban a Muhammad”. En aquel momento Abû Râfe‘, sirviente de ‘Abbâs, testimonió: “Estaba sentado allí cerca, entonces elevé mis manos y grité: “¡Eran los ángeles del cielo!”. Abû Lahab se irritó y me abofeteó, me tomó y me arrojó al suelo. Se quemaba por dentro y exteriorizaba su cólera, hiriéndome”. Umm-ul Fadl, esposa de ‘Abbâs, que se encontraba en el lugar, tomó una vara y le pegó fuertemente en la cabeza. Le dijo: ¿Encontraste a este hombre débil a solas?”. La mujer, logró producir una herida profunda y brotaron de su cuerpo unas purulencias, como una peste. Luego de siete días, una infección lo llevó a la muerte.
Quedó en tal estado, que nadie se atrevía a acercársele; todos temían contagiarse y contraer la misma peste que lo había azotado. Su cuerpo, fue trasladado a las afueras de La Meca y desde lejos le arrojaron agua y después piedras hasta que quedó sepultado.[7]
4. Uamra’atuhu hammâlatal hatab
4. Lo mismo que su mujer, la portadora de leña
Esto afirma que Umm Yamîl, también entraría al fuego infernal.
5. Fî yîdihâ hablun min masad.
5. Que llevará a su cuello una soga de esparto.
No cabe duda que la esposa de Abu Lahab, participaba activamente en todos los complots anti-islámicos, que su esposo llevaba a cabo. Respecto a la frase Hammâlat-al Hatab”, existen diversas versiones. Algunos sostienen, que se debe a que ella solía recoger cardos y arrojarlos en el camino por donde pasaría el Profeta (PB), a fin de lastimar sus benditos pies. Otros dicen que la expresión, da cuentas de su cizaña, si consideramos que en la literatura persa, se compara al cizañero con quien carga leña o cardos. Es decir que, cuando dos personas rivalizan, el cizañero, es el factor principal que lleva y trae la carga.
Una versión más señalada dice, que el propósito de la frase es resaltar la avaricia, que les impedía socorrer a los necesitados, a pesar de su gran riqueza. Por eso se los compara con un pobre leñador.
Algunos sabios dicen que el Día del Juicio Final, ella cargará con los pecados de numerosos bandos. De entre todas las interpretaciones, podríamos afirmar que la primera es la más acertada.
El vocablo “Yîd” significa cuello y su plural es “Ayiâd”. Los estudiosos del lenguaje creen que “Yîd, ‘Unuq y Raqabah”, tienen significados similares.
La diferencia radica en que “Yîd”, se refiere a la parte inferior del cuello, donde usualmente penden las gargantillas. “‘Unuq”, se denomina tanto al cuello como a la nuca y “Raqabah”, es el cuello completo. Suele denominarse también así al ser humano. Ej.: “Fakku raqabah”, es decir, liberar a un ser humano”.[8]
Respecto a la palabra “Masad”, es una cuerda hecha de palma. Se sostiene que es una soga áspera, como la palma que habrá en el infierno y que tendrá el calor del fuego y el peso del hierro.
Otra idea es que en el Día del Juicio Final, Dios colgará en el cuello de las mujeres arrogantes y altaneras que se jactan de sus joyas (y en especial de sus gargantillas de piedras preciosas), una gargantilla de palma para humillarlas ante semejante proceder; por lo tanto, Dios en el Día del Juicio, para menospreciar a esta mujer, colgará en su cuello un collar de palma. Otra versión dice, que esta expresión es alegórica y que sólo señala la bajeza y el poco valor de esta mujer. Algunos alegan que el uso del término, fue porque Umm Yamîl, tenía una gargantilla de piedras preciosas y había jurado que la vendería, y usaría ese dinero, en contra del Profeta (PB).
El Corán predijo que Abu Lahab y su esposa serían presa del fuego infernal, vale decir que jamás creerían. Y su predicción se cumplió, pues la mayor parte de los inicuos de La Meca, creyó con sinceridad, aunque en realidad una parte, lo hizo sólo por estar a salvo. No obstante, ellos dos se contaron en el grupo que no creyó, ni sincera, ni aparentemente. Así como ésta, el Corán cuenta con otras extraordinarias predicciones.
Con la predicción del Corán, ya no cabía la posibilidad de que Abû Lahab y su esposa creyeran, de lo contrario, la misma se convertiría en falsa. El interrogante, es similar a la famosa objeción que se suele hacer, respecto a la sabiduría de Dios en la cuestión del “Yabr” (compulsión).
He aquí la objeción: Sabemos que desde siempre, Dios fue conocedor de todas las cosas, que conocía el pecado de los pecadores y la obediencia de los obedientes. Entonces si sucediera lo contrario, si se invirtiera la situación; y el pecador obedeciera y el obediente pecara, el conocimiento de Dios quedaría bajo tela de juicio.
Sabios y filósofos islámicos, han dado la respuesta: Dios, es conocedor de lo que es capaz de hacer cada persona, con el libre albedrío que Él, le concedió. Si por ejemplo, en las aleyas en cuestión, Dios hace una afirmación, es porque sabía que Abû Lahab y su esposa jamás creerían. Su incredulidad no se debía a la compulsión, sino a la voluntad. El libre albedrío, es una parte de la sabiduría de Dios.
Él, sabe de qué modo procederán sus siervos. Por supuesto ese conocimiento y esa notificación del futuro, constituye un énfasis al tema del libre albedrío y no un argumento de la compulsión. (Tal como un maestro que conoce a sus alumnos y puede predecir cuáles de sus alumnos aprobará el examen y cuáles no y este conocimiento que posee no puede alterar el libre albedrío de los alumnos).
Una vez más el Corán, expone la realidad: cuando el parentesco no va acompañado por un vínculo ideológico, no posee el mínimo valor. Cuando los hombres de Dios debían enfrentarse a los descarriados opresores, éstos no guardaban ningún tipo de consideración, aunque los oponentes fueran sus parientes más cercanos.
Abû Lahab era tío del Profeta (PB), pese a ello, Muhammad se convirtió en el blanco de los más intensos reproches y escarnios, por no compartir su misma línea ideológica y práctica; por el contrario, existían individuos que no sólo no eran sus parientes, sino que ni siquiera pertenecían a su misma raza, ni tampoco hablaban su mismo idioma; esas personas fueron consideradas de su propia familia.
Dijo el Enviado de Dios (PB): “Salmán es nuestro, de los de “Ahl-ul Bait” (refiriéndose a un musulmán proveniente de una nación tan lejana como Persia).[9]
Ciertamente esta sura, sólo menciona a Abû Lahab y su esposa; sin embargo todo individuo o comunidad que se caracterice con sus mismos vicios y defectos, sepa que le aguarda un destino semejante al suyo.
¡Oh Dios nuestro! Purifica nuestros corazones de toda impertinencia y rebeldía
¡Oh nuestro Creador! Por cierto que tememos el destino que nos aguarda, ¡otórganos pues la salvación y el sosiego! y ¡concédenos un final feliz!
¡Oh Señor nuestro! Tenemos la certidumbre de que en aquel gran Juicio, no nos beneficiarán ni los bienes ni la riqueza, ni los lazos de parentesco, solo tu favor podrá rescatarnos.
¡Cuéntanos entonces entre Tus favorecidos!
¡Así sea, oh Señor de los Mundos!
Fin de la Sura al-Masad.
 
Fuente: La Interpretación Ejemplar del Sagrado Corán- tomo 27
Editorial Elhame Shargh
 
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Fundación Cultural Oriente

[1] Maÿma‘ al-Baiân, t. 10, p. 558.
[2] Tafsîr Qurtubî, t. 10, p. 7324 (resumido). Lo mismo fue transmitido con pocas diferencias en Maÿma‘ al-Baiân, de Tabresî; en Al-Kâmil, de Ibn Azîr; t. 2, p. 60; en Ad-Durr al-Manzûr; en Zilâl al-Qur’ân, y en los libros de Tafsîr de Abûl Futûh Ar-Râzî y Fajr Ar-Râzî.
[3] Maÿma‘ al-Baiân, t. 10, p. 559.
[4] Fî Dzilâl al-Qur’ân, t. 8, p. 697.
[5] Tafsîr al-Furqân, t. 30, p. 503.
[6] “Mâ” (ما) en “Mâ Kasab” es posible que sea relativo o infinitivo. Algunos le dan un vasto significado y consideran que no solo abarca sus bienes sino también sus hijos. No obstante, “Mâ” en “Mà Agnâ” es de negación.
[7] Bihâr al-Anwâr, t. 19, p. 227.
[8] Referirse a Tahqîq fî Kalimâtil Qur’ân al-Karîm, t. 2, p. 158.
[9] Más explicación al respecto puede ser encontrada en el Tomo 9 de este mismo Tafsîr, bajo la interpretación de la aleya 46 de la Sura Hûd, donde se refiere al hijo de Noé. “¡Oh Noé! Por cierto que él no es de tu familia; es un acto incorrecto.” (11: 46).
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