Astronomía (Civilización del Islam)

Civilización del Islam

ASTRONOMÍA

«No le es dado al sol alcanzar a la luna ni a la noche adelantarse al día. Cada uno navega en su órbita».

El Sagrado Corán (Sura 36, Aleya 40).

 

Es muy poco conocido lo mucho que la ciencia de siglos posteriores debe al legado del Islam. Se puede decir que el movimiento científico musulmán que se inicia en el siglo VIII y se desarrolla hasta fines del siglo XVI ha sido uno de los momentos más brillantes de la historia humana por el número y calidad de los que se dedicaron a todas las facetas del estudio e investigación en su sentido más amplio. La ciencia en el mundo musulmán tuvo un punto de partida muy humilde pero adquirió un desarrollo sorprendente desde fines del siglo IX. No se limitó a transmitir saberes aprendidos de los maestros clásicos u orientales, sino que impulsó una tarea de investigación, perfeccionamiento e invención de una verdadera tecnología de punta que revolucionó el mundo de las ciencias y posibilitó la llegada del renacimiento europeo y del mundo moderno.

Los científicos islámicos alcanzaron altas cotas en la Astronomía y se adelantaron en varios siglos a los europeos. Las razones hay que buscarlas considerando en que la Astronomía solucionaba problemas importantes del ritual religioso del Islam. A saber, la quibla (orientación) de las mezquitas, la regulación de las horas del día para la oración y el determinar el comienzo y final del mes de Ramadán, el mes sagrado dedicado al ayuno obligatorio. Los científicos musulmanes ubicaron a la astronomía dentro de las ciencias matemáticas y la denominaron ‘Ilm al-hai’a (Ciencia del aspecto del universo) e ‘Ilm al-aflak (Ciencia de las esferas celestes). La astronomía islámica fue la heredera natural de los estudios griegos y ptolemaicos en la materia. Sin embargo, con el tiempo, los astrónomos musulmanes corregirían gradualmente determinadas observaciones helenísticas. Al respecto, es importante consultar el tratado del sabio de Asia central Sadr al-Shari’a al-Bujari (siglo XIV), que analiza el trabajo de investigación realizado por los astrónomos de Maraga (Irán) durante el siglo XIII, el cual cuestiona seriamente la astronomía ptolemaica (cfr. Ahmad S. Dallal: An Islamic Response to Greek Astronomy. Kitab Ta’dil Hay’at of Sadr al-Shari’a, E.J. Brill, Leiden, 1995).

Además de todo esto, recordemos que el papel del científico tiene en la Astronomía un gran campo de aplicaciones: determinación de la posición de un barco que navega, o de una caravana, distancias entre ciudades, confección de mapas, etc.

Abulmasar

El primer astrónomo que debemos citar es Abu Ma’shar al-Balji, conocido como Abulmasar (787-886). Su obra Kitab al-muyam al-kabir ila ‘ilm ahkam al-nuyum (Libro de los movimientos celestes y ciencia completa de las estrellas), fue muy utilizada en el medioevo latino. También fue autor del Kitab al-qiranat (Libro de las conjunciones), y del Kitab Ahkam tahawil sini l-mawalid (Libro de las revoluciones de los años del mundo). Sin embargo, su Kitab al-Uluf (Libro de los miles) fue el que más repercusiones tuvo en el mundo musulmán como modelo de ‘historia astrológica de la ciencia’ (cfr. D. Pingree: The Thousands of Abu Ma’shar, Londres, 1968).

Es interesante notar que el Occidente se informó sobre la física aristotélica, no a través de los textos peripatéticos, sino con la ayuda de la Introducción a la Astrología de Abulmasar, la que se hizo popular en el mundo latino medieval del siglo XII (cfr. R. Lemay: Abu Ma’shar and Latin Aristotelism in the Twelfth Century, Beirut, 1962)

Destacado astrólogo, inspiró al sabio, médico, filósofo y naturalista italiano Giovanni Batista della Porta (1535-1615) para la puesta en escena de la pieza teatral «El astrólogo» (1606), que a su vez fue imitada por el poeta y actor teatral inglés John Dryden (1631-1700).

Su curioso y fascinante trabajo intitulado Kitab al-Milal wa d-dwal (Libro de las religiones y las dinastías), un tratado sobre astrología política, ha sido editado y comentado por Keiji Yamamoto y Charles Burnett en dos tomos editados por E.J. Brill, Leiden, 1998: el vol. 1 consiste en la versión árabe original de 500 páginas.; y el vol. 2 se compone de la traducción latina denominada Abulmasar,De Magnis coniunctionnibus (Las grandes conjunciones) con un total de 400 páginas que incluyen los comentarios y los glosarios árabe-latín y latín-árabe.

Alfraganus

Otro astrónomo, de mayor importancia, y que ya conocimos como geógrafo, es al-Fergani (813-882), el Alfraganus de los europeos. Su fama se debe a su obra maestra que lleva por título Kitab fi harakat al-samawiya wa-l-yauwami ‘ilm al-nuyum (Libro de los movimientos celestes y ciencia completa de las estrellas). En al-Ándalus la ciencia astronómica tuvo eminentes cultores que influenciaron a sus pares europeos (Véase varios autores: El legado científico andalusí, Ministerio de Cultura, Madrid, 1992, pp. 37-115).

Ibn Firnas

Hacia el 850, ya existía en la ciudad islámica de Córdoba en al-Ándalus, un ambiente científico y cultural tan intenso como para producir individualidades de la talla de Abbás Ibn Firnas. Este hombre, dotado de un espíritu que recuerda al de los genios del Renacimiento italiano, había construido en su casa lo que puede pasar por ser el primer planetario de la historia del mundo. Se trataba de una habitación dentro de la que estaban representadas las constelaciones, los astros y los fenómenos meteorológicos. Las escasas reseñas que quedan de este planetario señalan que Ibn Firnás lo había dotado de mecanismos tales que el visitante quedaba sobrecogido por la aparición de nubes, relámpagos y truenos entre las cuatro paredes de la habitación, efectos especiales que hoy hubieran despertado la envidia de los técnicos de Hollywood y Disneylandia.

Ibn Firnas también construyó una clepsidra (reloj de agua) dotada de autómatas móviles con la que se podía conocer la hora en los días y noches nublados, e introdujo en al-Ándalus la técnica del tallado del cristal.

Pero lo más sorprendente de Ibn Firnas fue su intento de volar, seguramente recordando la leyenda griega de Dédalo. Parece ser que se proveyó de un traje de seda, que por cierto, debió ser uno de los primeros de este tejido en llegar a España, al que adhirió plumas de aves. Luego, ayudado por un mecanismo de que, desgraciadamente, no se conservan detalles, saltó desde lo alto de la torre de la Rusafa —el palacio jardín construido por Abderrahmán I—, desde casi cien metros de altura, y consiguió planear durante un trecho hasta que tuvo un aterrizaje bastante forzoso, aunque sin consecuencias graves. Ibn Firnas, fallecido hacia 887, fue sin duda uno de los más remotos pioneros de la aviación de que se tenga noticias, con diseños aeronáuticos elaborados seiscientos cincuenta años antes de que el artista e inventor florentino Leonardo da Vinci (1452-1519) plasmara el primer intento de estudio aerodinámico, el cual aparece en el Sul Volo degli Uccelli (Sobre el vuelo de los pájaros), redactado hacia 1505 (Jean-Claude Frère: Leonardo. Painter, inventor, visionary, mathematician, philosopher, engineer, Terrail, París, 1995, pp. 148-49).

Y recién en 1678, ochocientos años después, la experiencia de Ibn Firnas sería repetida, esta vez por un cerrajero francés llamado Besnier que voló un corto trecho con unas alas que funcionaban como las patas palmeadas de un pato, teniendo como nuestro cordobés un aterrizaje forzoso con algunos golpes pero sin consecuencias.

Véase Mercedes Aragón Huerta: ’Abbas Firnas: de personaje histórico a personaje literario en la obra narrativa de Zakariyya Tamir, en Al-Andalus Magreb, Revista de Estudios Árabes e Islámicos, Grupo de Investigación “Al-Andalus-Magreb”, Vol, VII. Universidad de Cádiz, 1999, pp. 21-41.

Albatenius

En el siglo IX surge otro astrónomo de gran influencia posterior. Se trata de Abu Abdallah Muhammad Ibn Yabir Ibn Sinán al-Battani al-Harrani as-Sabt (858-929), el Albatenius de los latinos, nacido en Harrán (la antigua Carrhae) y muerto en Samarra. Fue verdaderamente un científico excepcional y un coloso de la astronomía, tanto de la teórica como de la de observación, habiendo realizado, desde 877, esmeradas y regulares observaciones en su observatorio de al-Raqqa a orillas del Tigris.

Al-Battani determinó con gran precisión la oblicuidad de la eclíptica, la duración del año trópico y de las estaciones; el movimiento verdadero y medio del sol; erradicó definitivamente el dogma ptolemaico de la inmovilidad del apogeo del sol, mostrando que está sometido a la precesión de los equinoccios, de donde deduce que la ecuación del tiempo está sujeta a una lenta variación secular. Sus excelentes observaciones de eclipses de luna y de sol, permitieron, en 1749, a Richard Dunthorne (1711-1775), determinar la aceleración secular del movimiento de la luna. Igualmente, podemos mencionar que gracias a sus observaciones sobre la duración del año, fue posible posteriormente reformar el calendario que se llamó Calendario Juliano, en honor al Papa Julio II (1443-1513), que fue su introductor. Al-Battani estudió el paralaje de la Luna y su distancia de la Tierra, los eclipses de la Luna y del Sol y las posiciones de los cinco planetas mayores. Abordó la construcción de relojes solares, globos celestes, etc.

Una de sus obras principales son las Ziw al-sãbi (Tablas sabeas), que marca la cumbre en el Islam de la astronomía matemática y por observación (véase la cuidadosa traducción y estudio de C.A. Nallino: al-Zij al-Sãbi, 3 vols., París, 1893).

Ibn Yúnus

Ibn Yúnus al-Sadafi al-Misri (m. 1039) trabajó en el observatorio que formaba parte de la Dar al-Ilm (Casa de la Ciencia), fundada en el siglo X y ampliada por el califa fatimí al-Hakim (gobernante entre 996-1021), y cuyo predecesor al-Aziz (975-996), había encomendado a Ibn Yúnus la preparación de una gran obra astronómica, que debía superar a todas las anteriores. Esta, terminada en 1007 y dedicada al califa entonces reinante, lleva el título al-Ziw al-kabir al-Hakimi (Las grandes tablas Hakimi). Ibn Yúnus también incursionó en el campo de la trigonometría.

Al-Asturlabi y el astrolabio

Los científicos musulmanes perfeccionaron un instrumento astronómico denominado astrolabio que resultaba indispensable para la navegación. Construyeron gran cantidad de ellos, de tal forma que a un sabio islámico se le conoce como «el constructor de astrolabios». Tal cosa sucede con Alí Ibn Isa al-Asturlabí, del siglo IX.

Considerado uno de los principales instrumentos de la astronomía antigua. El astrolabio (en griego astrolabos, y en árabe asturlab) fue mejorado notablemente por los sabios musulmanes. Al determinar la posición de los astros en relación con la Tierra, el astrolabio permitía calcular las horas de salida y puesta del Sol, cuestión muy importante en el momento de efectuar la oración musulmana y determinar su orientación (al-Quibla), junto con la posición de las ciudades (desde al-Ándalus hasta la China). El astrolabio, por otra parte, fue un instrumento esencial de la navegación.

El astrolabio del mundo islámico clásico está compuesto por un plato circular sobre el cual gira un disco calado, la araña. La pletina lleva la proyección de la esfera terrestre en un lugar propio; la araña es un mapa del cielo, en el que se representan las principales estrellas fijas, entre ellas el sol.

El modelo usual de astrolabio, construido a partir de una proyección plana —estereográfica— de las esferas celeste y terrestre, estaba formado por un disco de metal sostenido por una anilla en el que se superponían varios círculos, rematados en su parte superior por un disco hueco del mismo diámetro. En el dorso del instrumento, se fijaba una alidada con pínulas, que giraban en torno a un pivote provisto de una clavija. En el siglo IX, al-Nawrizi (m. 922), el Anaritius de los latinos, siguiendo a Ptolomeo, compuso el tratado islámico más completo sobre el astrolabio esférico.

El astrolabio más antiguo conocido se encuentra en Oxford (Inglaterra). Hecho en 984, fue obra conjunta de dos maestros: Ahmad y Mahmud, hijos de Ibrahim, el astrolabista de Isfahán.

Azarquiel

El más famoso de todos los astronomos andalusíes que, a la vez, merece ser considerado como una de las primeras figuras medievales en la materia, es Abu Ibrahim Ibn Yahia al-Naqqásh (el grabador), llamado entre sus contemporáneos al-Zarqali, por lo que fue conocido en el mundo latino y la posteridad como Azarquiel. Nacido en Córdoba hacia 1029, muere en Toledo en el 1087, tan sólo dos años después de la conquista de la ciudad por los castellanos.

(Ver la continuación en archivo pdf)

Del libro CIVILIZACION DEL ISLAM

Edición Elhame Shargh

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Fundación Cultural Oriente

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