Geografía (Civilización del Islam)

Civilización del Islam

Geografía

Por: Ricardo H. S. Elía

«Todas las tierras, en su diversidad, son una. Y los hombres todos son vecinos y hermanos».

Al-Zubaidi (m. 989),

receptor del califa

cordobés al-Hakam II.

 

  El principio islámico de viajar, al menos una vez en la vida, a las ciudades santas de La Meca y Medina, sumado a la tradición de visitar lugares sagrados como Jerusalem, Nayaf y Karbalá, viajes que se realizaban desde zonas remotas como al-Ándalus o el Turquestán y que podían durar incluso años, entre la ida y la vuelta a su lugar de origen, junto con las necesidades propias de los comerciantes y también de los gobernantes, la geografía adquirió en el Islam una real importancia.

   El Islam es, pues, por excelencia, una civilización de movimientos de tránsito, lo que supone lejanas navegaciones y una múltiple circulación caravanera, tendida, ante todo, entre el océano Indico y el Mediterráneo, lanzada generalmente desde el Mar Negro a China y a la India y, por último, eficaz desde el “país de los negros” (Bilad as-Sudán) a África del Norte.

   Este sistema caravanero tenía metas tanto culturales y religiosas como comerciales. El Islam tiene sus comerciantes musulmanes y no musulmanes. Se han conservado por casualidad las cartas de los comerciantes judíos de El Cairo desde la época de la primera cruzada (1095-1099); demuestran que los musulmanes conocían todos los instrumentos de crédito y de pago y todas las formas de asociación comercial (por consiguiente, no será Italia la inventora de ellos como se ha aceptado con demasiada facilidad).

   Suleimán at-Tayir (es decir: “el mercader”), llevó hacia el año 840 sus mercancías a la China y la India desde el puerto iraní de Siraf en el Golfo Pérsico. Un autor anónimo de 851 escribió un relato del viaje de Suleimán; este relato es anterior en 425 años a los viajes de Marco Polo (cfr. J. O’Kane: The Ship of Suleiman, Londres, 1972).

   El primer gran geógrafo musulmán es Ubaidullah Ibn Jordadbeh (825-912), autor de una obra cuyo título se repetirá abundantemente en este género, a lo largo de varios siglos: Kitab al-masalik wa al-mamalik (Libro de los caminos y los reinos), aparecido en 846 y nuevamente, revisado, hacia 885 (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967). En él se hace abstracción de la parte astrónomica o matemática para extenderse en la descripción de los países, señalando cuidadosamente los itinerarios, indicando lo más aproximadamente posible las distancias entre dos puntos, de forma que el caminante pudiera en todo momento conocer la dirección a seguir. También encontramos el curioso relato del viaje del intérprete Sallam a “la muralla de Gog y Magog”, denominación con que el autor parece indicar la Gran Muralla china (cfr. F.E. Peters: Allah’s Commonwealth. Ibn Khurdadhbih, Nueva York, 1973).

   Otra importante obra de este tipo es el Kitab al-Buldán (“Libro de las comarcas”), publicado hacia 891 (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1976) por Abu l-’Abbás Ahmad al-Ya’qubi (m. 897), autor también de una gran historia universal.

   Abu Zaid Ahmad ben Sahl al-Balji, muerto en 934, escribió un Kitab suwar al-aqalim (“Libro de los visitantes de las regiones”), donde se describen los distintos territorios del mundo islámico. El número de mapas será siempre de veintiuno, a partir de este momento. El primero, responde a la totalidad del mundo habitado, conocido hasta el momento por los geógrafos islámicos. Otros tres nos muestran los tres mares más importantes para los musulmanes: el Mediterráneo, el Caspio y el «cuasi mar» Golfo Pérsico. Los diecisiete restantes representarán las diversas regiones en el que los geógrafos dividían el mundo islámico. La característica común a todos estos mapas es la de ser extraordinariamente esquemáticos, usando figuras geométricas. Por ejemplo: representan las islas como círculos, lo que permitía ser consultados por personas de no gran formación en la materia. como podían ser lo viajeros y peregrinos (cfr. William C. Brice: Atlas of Islam, Brill, Leiden, 1981).

Alfraganus

   A mediados del siglo IX, 700 años antes que los europeos, los musulmanes sostenían la redondez de la Tierra. Y esto se debía principalmente a la revelación coránica (ver Sura 55, aleya 5, Sura 17, aleyas 17 y 19), y a las investigaciones de geógrafos como el iraní Abu al-Abbás al-Fargani (813-882). el Alfraganus de la latinidad, quien a través de su famoso teorema calculó que la medida correcta de la tierra era de 56 millas y dos tercios por grado. Las millas de Alfraganus eran millas árabes (1.973,50 metros). Hoy sabemos que la circunferencia de la Tierra en el ecuador es aproximadamente de 40.075 km. Los musulmanes habían heredado el saber de los antiguos sabios griegos. Éstos no compartían la idea de sus antepasados de que la Tierra era un disco sostenido por cuatro elefantes subidos a una tortuga marina. Más bien creían que el planeta era esférico, una idea postulada hacia 500 a.C. por los seguidores de Pitágoras (c.580-c.500), que consideraban la esfera como la forma perfecta. Eratóstenes de Cirene (c.284-c.192 a.C.) se atribuye el haber medido por primera vez la circunferencia terrestre en el año 230 a.C.

Ibn Rustih

   Abu Alí Ahmad Ibn Umar, conocido como Ibn Rustih (m. 910), fue un sabio de origen persa. Es el autor de una enciclopedia escrita hacia 903 y llamada «El Libro de los atavíos preciosos» (Kitab al-a’laq an-nafisa), la cual sorprende por sus datos sobre geografía y cosmografía: «En la parte norte del océano hay doce islas llamadas las Islas de Baratiniya (Islas Británicas).Después de este punto, se acaba la tierra habitada y nadie sabe lo que hay más allá» (cfr. Ibn Rusteh: Kitab al-a’laq al-nafisa, ed. M.J. de Goeje, Leiden, 1892, p. 85; G. Wiet: Les Atours Precieux, El Cairo, 1958, p. 94).

Al-Biruni

   Abu ar-Rayhan Muhammad Ibn Ahmad al-Biruni (973-1050), otro sabio musulmán iraní que era astrónomo, historiador, botánico, geólogo, poeta, filósofo, matemático, físico, padre de la farmacia medieval y geógrafo, confirma la esfericidad terrestre en su libro al-Qanum al-Masudi fi al-hai’a wa al-nuyum (“Canon masúdico sobre el cielo y la tierra”), dedicado a Masud Ibn Mahmud (sultán de Gazna desde 1030 hasta 1040), utilizando mediciones con el astrolabio, y logra con asombrosa precisión las dimensiones de la tierra, de la determinación de las coordenadas geográficas y de las diversas proyecciones cartográficas.

   Efectivamente, hacia el año 1000, cuando en la Europa cristiana se predecía el fin del mundo y la ignorancia y la superstición reinaban por doquier, al-Biruní calculó el radio de la Tierra y demostró que nuestro planeta giraba alrededor del Sol (cfr. Galileo Galilei: Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, Alianza, Madrid, 1995). Recordemos que, 633 años después, el astrónomo italiano Galileo Galilei (1564-1642), a los setenta años de edad (1633), debió comparecer ante un tribunal de la Inquisición y pronunciar de rodillas la abjuración de su doctrina, (entre otras cuestiones, del movimiento de la Tierra), aunque añade la tradición que, al levantarse, exclamó: «Eppur, si muove» («Y sin embargo, se mueve»).

   Hacia 1018 al-Biruni acompaña al sultán Mahmud de Gazna (971-1030) en una de sus campañas y descubre el mundo fascinante de la India. El resultado de casi más de doce años en el subcontinente se tradujo en la realización de su obra colosal llamada en árabe Kitab al-Hind (“Libro de la India”), que pasó a ser la principal fuente de información sobre ese enorme y antiquísimo país que los europeos desconocían absolutamente. En este tratado de historia, geografía, filosofía y moral, el sabio persa inserta la siguiente reflexión: «Sólo es digno de alabanza aquél que se aparta de la mentira y adhiere siempre a la verdad, gozando de respeto incluso entre los mentirosos, por no mencionar a los demás».

   Al-Biruni escribió más de cien tratados de geografía, historia, astronomía, matemáticas y farmacia. Inventó el «método Biruni» para medir el radio. También inventó un método para medir el peso genérico de nueve metales y descubrió la naturaleza de la presión de los líquidos y un método para extraer la sal del mar.

   En el Libro de la India hay también una temprana declaración sobre la libertad, la igualdad, y la fraternidad: «En nuestro tiempo, los hindúes establecen muchas diferencias entre los seres humanos. En eso nos distinguimos de ellos, pues nosotros consideramos a todos los hombres como iguales excepto en la piedad. Esta es la principal barrera entre ellos y el Islam» (de la traducción de E. Sachau, Alberuni’s India, Londres, 1888, vol. 1, p. 7).

   Véase M. Biruni: Kitab maqalid ilm al-hay’ah. La trigonométrie sphérique chez les Arabes de l’Est à la fin du Xe siècle, Instit. Franç., Damasco, 1986.

Al-Mas’udi

   Abu al-Hasan Alí Ibn al-Husain Ibn Alí al-Mas’udi, nacido en Bagdad hacia 900, en el seno de una familia shií y fallecido en Fustat (El Cairo) en 957, es el autor de la monumental obra Muruw ad-dahab wa ma’adin al-yawahir (Campos de oro y minas preciosas), generalmente citado en Occidente como “Las praderas de oro” (traducida al francés en 9 tomos por Charles Barbier de Meynard y Pavet de Courteille, París, 1861-1877 y 1962). Escrita hacia 947, y revisada y publicada nuevamente en 957, es una enciclopedia monumental de treinta tomos sobre historia y biografías, pero su mayor interés reside todavía en sus noticias y descripciones geográficas y en los innumerables datos sobre historia natural y sobre descripciones de usos prácticos y de procedimientos técnicos.

   Por ejemplo, en ella se encuentra la primera mención conocida de una colección de cuentos de origen persa llamada Hezar efsaneh (Mil cuentos) cuyo fondo es de procedencia india, que luego formaron «Las mil y una noches». Por esto los historiadores e islamólogos occidentales acostumbran llamarlo «el Plinio, además del Heródoto, del mundo musulmán».

   Gran cosmógrafo, redactó el Kitab al-Tanbih wa-l-ishraf (Libro de la advertencia y de la revisión), un tratado de ciencia, filosofía, mineralogía y botánica que fue traducido por M.J. de Goeje (E.J. Brill, Leiden, 1967), con traducción al francés por Carrá de Vaux: Macoudi, le livre de l’avertissement et de la révision (París, 1897). También escribió una «Historia de Alí y del imamato».

   Viajero incansable e insaciable, recorrió grandes extensiones de Siria, Palestina, Arabia, la costa oriental de África, Irán, Asia central, la India, Ceilán y el mar de la China. Perspicaz educador, no comprimía su materia hasta la aridez, sino que escribía a veces con una amable despaciosidad que no evitaba dar, de vez en cuando, una historia divertida.

   Al-Mas’udi es una de las fuentes más ricas, de más confianza y más variadas acerca del estado del mundo islámico en su época. En las cuarenta obras de al-Mas’udi, así como las de sus contemporáneos Abu Ishaq Ibrahim al-Istahri (floreció hacia 950) e Ibn Hauqal (floreció entre 943 y 977), es donde encontramos las primeras menciones de los molinos de viento, la cual fue una invención islámica (véase Barón Carra de Vaux: Les penseurs de l’Islam, 5 vols., París, 1921).

   Véase Ahmad M.H. Shboul: Al-Mas’udi & His World. A Muslim Humanist and His Interest in Non Muslims, Ithaca Press, Londres, 1979

Ibn Hauqal

   Sobre Abu l-Qasim Muhammad Ibn Hauqal se puede agregar que estuvo al servicio fatimí y fue comerciante. Pasó su adolescencia en Irak y luego viajó por el Egipto, norte de África, al-Ándalus, Ghana, Sicilia, Armenia, Azerbaiyán e Irán. Ibn Hauqal (hacia 975) describe una especie de pagaré por 42.000 dinares dirigido a un mercader de Marruecos, con la palabra árabe saqq; correspondiente a esta forma de crédito deriva la palabra cheque. Escribió el Kitab Surat al-ard «Libro de la configuración de la tierra» (traduc. J.H. Kramers, Leiden, 1938), y el Kitab al-masalik wa al-mamalik «Libro de los caminos y de los reinos» (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967).

Al-Muqaddasi

                Abu Abdallah Muhammad al-Muqaddasi o al-Maqdisi (c.946/947-1000) era natural, como se ve por su nisba, de Jerusalén (Bait al-Muqaddas). Su principal trabajo es Ahsan al-taqasim fi ma’rifat al-aqalim (La mejor de las divisiones para el conocimiento de los países), publicado en 985, y traducido por M.J. de Goeje, Bibliotheca Geographorum Arabicorum, vol. 3, E.J. Brill, Leiden, 1906 (reimpr. 1967). El autor, hablando del trabajo que le costó componer su obra, dice: «Sabe que muchos hombres de ciencia y visires han compuesto obras sobre este tema, pero la mayor parte, si no la totalidad de sus escritos, se basa en lo oído decir; mientras que en nuestro caso no ha habido país en que no hayamos entrado, sin descuidar por ello el estudio y el examen en los libros de lo que permaneció desconocido directamente para nosotros. Así este nuestro librito ha llegado a formarse en tres partes: una, lo que hemos visto directamente; la segunda, lo que hemos oído de boca de personas dignas de fe, y la tercera, que es cuanto hemos hallado en los libros compuestos sobre este y otros ...

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