La Resistencia de Ramadán

La Resistencia de Ramadán
Por Kamel Gomez El Cheij
 
“La economía es solo el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma”
Margaret Thatcher
 
1. La práctica del ayuno, en los tiempos que corren, despierta inquietudes a los no musulmanes. Nuestras explicaciones varían, desde el reduccionismo de la salud, pasando por la justicia social hacia los más humildes, hasta su interpretación espiritual, la cual prevalece.
Cuando explicamos, hacemos una distinción del ayuno según sus “partes”:
-El ayuno corporal: abstenerse de comer, beber, fumar y mantener relaciones sexuales.
-El ayuno de los sentidos y la conducta: lo que vemos, oímos, lo que hablamos, hacemos, también ayunan. Por lo tanto, deben abstenerse de lo ilícito y desaconsejable.  
-El ayuno del corazón: aquí la ciencia del ajlaq, la dimensión más importante del islam vinculada a lo ético-moral, trata de nuestros pensamientos, sentimientos, intenciones. Para que nuestra voluntad se entregue, es al nafs al que hay que vencer. Aquí está el fin del ayuno.
La innumerable cantidad de prácticas que se agregan a las ya establecidas, el rol social del ayuno que insiste en realizarse en comunidad, reubican a nuestro ser, perdido en lo efímero del mundo y desatento a la muerte y al más allá, y así el sentido integral del ayuno se manifiesta interior y exteriormente, conjugando la vida activa y la vida contemplativa.
Ojalá, tal vez, sean piadosos, la-a’l-lakum tattaqum, señala el Corán (2; 183). La palabra clave en esta aleya  es “Taqua”, etimológicamente vinculada a la idea de “cuidar todo lo que daña al alma”, y que aquí adquiere el significado de “proteger al alma de todo aquello que perjudique en este mundo y en el otro”.
Sumergidos en el mundo de los sentidos, atados a los placeres de lo material, unimos los eslabones de las cadenas que nos atan a lo cotidiano, a lo igual. El ayuno es, en cambio, un ejercicio espiritual intensivo, profundo, místico, que intenta despertarnos de nuestro olvido y así romper esas mismas cadenas que nos paralizan.
Somos siervos de Dios. Y obedecemos para, siguiendo Su guía y Su camino, salvarnos  y liberarnos. Las trampas del Shaitan son detectadas y aniquiladas. Al enemigo lo vencemos martirizando nuestro nafs. Muerto el ego, permanecemos en paz. No hay consumo, ni trabajo que nos des-oriente. Será Heidegger quien nos remitirá a estar satisfechos, en paz y permanecer en ella, a “habitar”.
2. La vida de un musulmán está regida por el tiempo, porque detrás de cada acción hay un sentido trascendental de la vida. Tenemos nuestra verdad, que nos ordena la realidad. Nuestro tiempo tiene una finalidad. Si el sol nos señala los momentos de la oración, como así también el inicio y finalización de cada día de ayuno (aproximadamente una hora y media antes de la salida del sol se comienza el ayuno, que finaliza con la caída de este); la luna nos va marcando el año. Por eso los musulmanes recorremos todo el calendario solar ayunando, pues el año lunar tiene 10 días menos que el solar. Por supuesto, la justicia divina se destaca: injusto sería que un musulmán tenga que ayunar siempre en verano mientras otro de diferente latitud deba ayunar en invierno.
El sol y la luna iluminan nuestro día a día. Somos conscientes. La unidad de la creación y su interrelación la narramos, la sentimos, la experimentamos. Se descorren los velos de la ignorancia, tan pesados con su materialismo aterrador, y la naturaleza es percibida como signo de Dios. Arruinarla, explotarla, intentar dominarla, contaminarla, sólo es posible si nuestro interior está arruinado, explotado, dominado y contaminado. Y sin embargo, ese interior, mientras más se lo llena, más vacío está. Es la falta de sosiego en nuestra civilización la que desemboca en una nueva barbarie, dijo Nietzsche.  Para recuperar el sosiego debe volver a nuestra vida el silencio, la reflexión, la intimidad.
3. Nuestras sociedades pueden negarnos con el multiculturalismo, o con la uniformidad. Somos lo otro, lo distinto, lo misterioso en el mejor de los casos, somos los herejes de la modernidad. Dejar de consumir (alimentos, sexo) es una declaración de guerra. Nos resistimos a la cosificación económica. La sociedad de opinión, su consenso violento, su infierno de lo igual, nos expulsa. Todos quieren hacer lo mismo, todos piensan igual; quien tiene sentimientos distintos, señalaba Nietzsche, marcha voluntariamente al manicomio.
Organizar el alma de nuevo es el objetivo. Nos hemos trasladado del disciplinamiento del cuerpo a la optimización del alma, reducida a fuerza productiva. Motivación, competencia, iniciativa, meritocracia.  El sujeto es proyecto coaccionado por el “sí, se puede”. Así se define la libertad, de sumisos a dependientes. Libertad y explotación son la misma cosa. Esa es la trampa. Cautivadora, atrapante, seductora.  Somos reducidos a meros objetos de publicidad que hay que optimizar en el mercado.
La pobreza, la miseria, entonces, es la incapacidad de proyectarse. Los sectores mas postergados de la sociedad también tienen que ser intoxicados de individualismo. Apuntan a privatizar sus corazones. Clavarles la indiferencia como religión. Ya sabemos, tus desgracias son tus culpas, o mejor, tus pensamientos negativos, que no te dejan ser feliz. El dios dinero es adorado de la mejor manera, su poder no es manifiesto, no es violento. Ha colonizado al alma, pero sin armas. O mejor, la apariencia de la libertar es su arma, con la cual establece su horizonte de sentido, su cotidianidad. La realización del ayuno rompe lo cotidiano, la rutina que, como sedimento, cubre al ego y lo ocupa la mayor parte del tiempo.
La tecnolatría, de la mano de la hiperinformación y la hipercomunicación, no nos deja cerrar los ojos. La información, acumulativa y aditiva, no da lugar al conocimiento, paso previo a la sabiduría.
Byung-Chul Han nos remite a una comparación dolorosa entre el smarthpone, al cual considera como objeto de devoción digital, con un rosario: ambos sirven para examinarse y controlarse a sí mismo.  El rosario, el masbaha en árabe, solemos tenerlo siempre a mano, para nuestras prácticas espirituales, o incluso como “costumbre”. Nos remite a Dios, a la práctica del “dikr”, el recuerdo.  Sin embargo, hoy tenemos mucho más tiempo el teléfono inteligente en nuestras manos. O nos tiene. Con el smartphone se elimina lo extraño, lo distinto. Sólo se percibe el contacto con uno mismo como un reflejo distorsionado. Se despoja a la comunicación de lo sensorial (la mirada, los gestos, los tonos). Lo real-material del otro se evita y, así, nos evitamos. Porque es en el encuentro real con el otro donde somos humanos.
Pasamos horas con nuestros teléfonos, conectados a internet y sus redes. Y no sólo atrofiamos nuestros dedos. También nuestro ser.  Del “dikr” al “me gusta” hay un retroceso que debemos resistir. Queremos decir, debemos ayunar de las redes e internet también, para que nuestro ayuno sea integral.
Como nos enseñaba Henry Corbin, es todo un combate por el Alma del mundo el que debemos librar.
 
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