El Califato Guiado en la historia del Islam

UNA BREVE HISTORIA DEL ISLAM
El Califato guiado
Por: Dr. Nazir Hasan Zaidi
 
Al momento de la muerte del Profeta, mientras sus parientes estaban ocupados organizando su funeral, algunos de sus compañeros notorios se dirigieron a la ‘Saqīfa’, una triste asamblea para escoger al que sería su sucesor. Aunque el Profeta había designado a Alí como su sucesor, y el noble Corán está lleno de sus virtudes, algunos oportunistas, entre Auxiliares y Migrantes vieron la oportunidad propicia para arrebatarle el califato a la familia del Mensajero de Dios. También hubo entre ellos alguna confrontación física. Antes de que ésta se volviera una batalla, la sagacidad de Umar le puso fin al jurarle lealtad a Abu Bakr, el migrante más experimentado. Otros, siguiendo un plan premeditado, hicieron lo mismo y enseguida se alzó la voz de que Abu Bakr había sido electo como el califa del Profeta. De Allí se dirigieron a la Mezquita en donde la gente que asistía le juró lealtad a Abu Bakr.[1]
Cuando el asunto del Califato ya se había decidido, Umar quiso que Alí también le jurara lealtad a Abu Bakr. En compañía de varios de sus seguidores, vino a la casa de Alí, donde se encontraban reunidos algunos familiares como Abbas, los hijos de éste, y Zubair. Umar sospechaba que estos estaban planeando sabotear el recientemente establecido califato. Él había traído consigo leña y fuego. Amenazando con prender fuego a la casa, les dijo a sus habitantes que salieran. Algunos espectadores le recordaron que dentro de la casa también se encontraba la amada hija del Profeta. Umar dijo que eso a él no le importaba.[2] Quienes se encontraban en la casa salieron. Enfurecido por la actitud de Umar, Zubair desenvainó su espada. Y a una orden de Umar alguien se apresuró a agarrar el arma. Alí se dirigió a la Mezquita y le preguntó a Abu Bakr: “¿Con qué derecho me pides que te jure lealtad? Cuando todos eran paganos, yo era creyente; cuando ustedes abandonaron al Profeta en el campo de batalla, yo permanecí junto a él para defenderlo; cuando ustedes salieron de prisa a apoderarse del Califato, abandonando el sepelio del Profeta, yo organicé su funeral”. Dejando a la audiencia fascinada por su elocuencia, Alí regresó a su casa.
Abu Bakr le reprochó a Umar lo inútil de su disputa, la cual sólo les había traído deshonor.[3]
El ominoso suceso anterior provocó una división en la nación. Los partidarios del partido dirigente pronto aumentaron en número y luego de tres décadas fueron llamados por Mu’awiyah “Los Sunitas o Ahl as-Sunnat wal Yama’at.”[4] Los que apoyaban a Alí, el sucesor real o Califa, eran pocos y fueron llamados Chiitas; desde entonces este grupo siempre ha sido una minoría.
Ambos grupos hicieron sus aportes al legado del Profeta. Los Sunnitas hicieron del Islam el mayor poder político del mundo, conquistaron Egipto, Siria, y Asia Central, atrayendo millones al resguardo de la Fe durante los mandatos de Umar y Uzman. Los Chiitas, guiados por los imames de la Familia del Profeta, mantuvieron la pureza de sus enseñanzas por medio de las tradiciones (hadices) veraces narradas por Alí, Hasan, Husain y los nueve imames de la simiente de Husain, directos descendientes del Profeta. Esta secta minoritaria, generación tras generación siguió a sus imames, quienes estaban dotados con un conocimiento divino infalible y quienes dijeron ser los “Ulul Amr” o Dotados de Autoridad para comunidad Musulmana como los define el Corán (4:59), y como lo especifica el Profeta. (Buĵāri, parte 30, Capítulo 1190; Tirmiḍi, I, 843, etc.). Los Chiitas, en consecuencia, reconocen al Imam Mahdi, ahora oculto, como el actual Líder (Imam) de los musulmanes.
Abu Bakr, aconsejado por Umar, reprimió a los Chiitas. A Alí y a los parientes del Profeta no se les permitió ocupar posiciones en el gobierno. La tierra de Fadak, legada por el Profeta a su hija Fátima fue confiscada como ‘propiedad pública’.[5] Los Ahlul Bayt (sagrada descendencia del Profeta) a cuya obediencia y amor está obligado,[6] se vio en dificultades económicas después de haber sido privada políticamente.
En estas circunstancias, Abu Sufiân trató de provocar a Alí diciéndole: “¿Por qué te sientas en silencio luego de que te han quitado tu derecho? Sublévate y llenaré las calles de Medina con caballería e infantería.”
Las palabras del viejo jefe mecano eran hipócritas, y Alí, el prudente, sabía muy bien que una guerra civil destruiría de raíz la recién sembrada semilla del Islam de su difunto hermano y rechazó la oferta. Desilusionado por Alí, Abu Sufiân se dirigió a Abu Bakr. Lo felicitó por haberle arrancado el califato a la progenie del Profeta y le pidió que hiciera participe a su familia de algún beneficio. Abu Bakr le confirió la provincia de Siria a su hijo mayor.
La noticia de la muerte del Profeta dio lugar a que Tulaiha, Aswad y Musailama se proclamaran como profetas. Algunas tribus que se habían convertido le dieron la espalda al Islam. Esta caótica situación fue bien controlada por el nuevo califa quien designó a ciertos jefes para que se hicieran cargo de estas gentes falsas. Ĵālid ibn Walīd fue enviado a la tribu de Mālik ibn Nuwaira, tribu que no sabía si dar el diezmo a Abu Bakr o a Alí. Ĵālid realizó una masacre en esa tribu, sin importar que estos se encontraban realizando las oraciones. Ĵālid mató a Mālik y tomó a su viuda como esposa esa misma noche. Cuando regresó a Medina, Umar quería que lo castigaran por asesino y adúltero, pero el astuto joven, actuando más rápido que Umar, ya había obtenido la amnistía de parte de Abu Bakr. Posteriormente Ĵālid fue enviado al mando de un ejército a Irak en donde consiguió una gran victoria. De la misma manera, Abu Ubaida partió hacia Siria donde tuvo poco éxito. Las batallas de Yarmuk y Aynadin estaban en progreso cuando murió Abu Bakr. En su lecho de muerte nombró a Umar como su sucesor, a pesar de la desaprobación general.[7]
Abu Bakr llevó una vida simple, caracterizada por la humildad y el sacrificio. Sirvió a la causa del Islam con su propiedad. Los dos años de reinado de este compañero magnánimo y maduro están libres de cualquier mancha de corrupción o avaricia. Sin embargo, debido a necesidades políticas, redujo a la familia del Profeta a la insignificancia. Se confiscaron las propiedades de Fátima y el reclamo que ella hizo sobre Fadak fue deshonrosamente no tenido en cuenta. Las medidas tomadas por Abu Bakr herían el honor de la Dama del Islam, y un golpe tras otro la llevaron rápidamente a la tumba. Los familiares del Profeta, alabados en el Corán, fueron presas de las vicisitudes de las ideas políticas; tanto es así, que la Honorable Dama del Islam, quien murió cuatro meses después de la muerte de su noble padre, el Profeta, no pudo ser enterrada a su lado. Este privilegio, sagazmente había sido reservado para el Califa reinante, el cual habría de morir doce años después, y para que los Califas hicieran uso de esta ventaja y así justificar su derecho a suceder al Profeta, derecho que tan hábilmente habían adquirido.
La sangre joven de Arabia, motivada por el amor al botín de guerra o por el martirio se volvió bastante efectiva en las extensas conquistas. Umar estableció una línea de comunicación y suministro desde el Centro. Abu Ubaida fue repelido en Irak, pero su lugarteniente Muzanna reocupó el territorio perdido. Yazdgerd III, emperador de Irán, envió a Rostam como comandante en jefe, al mando de un ejército de 100.000 hombres. Éste se enfrentó a Sa’ad ibn Abi Waqqas, lugarteniente musulmán, en la fatídica batalla de Qadisiyah, donde se selló el destino de Irán para siempre. Madāin, la capital, fue saqueada inmediatamente. Se conquistaron Yalola, Hamadán, Raiy, Armenia y Tabaristán. Ya en el año 18 A.H. (640 D.C.), Irán en su totalidad estaba bajo el dominio del Islam.
Muchos iraníes se convirtieron voluntariamente a la Fe. Los agricultores le dieron la bienvenida al nuevo gobierno. Los impuestos fijados por el gobernador musulmán eran mucho más bajos que los pagados al monarca iraní. Por medio de la recitación del Corán y las cinco oraciones diarias muchas palabras árabes se incorporaron al idioma local Pahlavi. Esto dio origen, luego de una centuria, al idioma Farsi. Las dos naciones se influenciaron entre sí. Los árabes quedaron impresionados con la sutileza de los refinados modales de los iraníes, con la fineza en su vestir y la exquisitez de su alimentación. Los iraníes aprendieron de los árabes musulmanes normas de limpieza personal, en la vestimenta, la castidad islámica, el monoteísmo y la pureza del pensamiento.
Arabia llevó su armamento más allá de Siria: Jerusalén era un lugar sagrado para judíos, cristianos y musulmanes. Amr ibn ‘Aās fue designado para tomarse la ciudad pero fracasó. Sus habitantes le dijeron que les gustaría hablar directamente con el Califa. Umar fue en persona. La simplicidad de su vestido y sus modales impresionó tanto a las personas, que hicieron un tratado en términos amigables. Amr ibn ‘Aās tampoco tuvo mucho éxito en Egipto. Zubair se dirigió a esas tierras antiguas al mando de un ejército de 10000 hombres. Allí sitió el fuerte de Fustat, y luego de diez meses se llegó a la firma de un tratado. Alejandría, el mercado intercontinental, el famoso centro del comercio y la civilización, la fortaleza naval del imperio romano fue subyugada. La orgullosa Roma recibió por primera vez un terrible golpe en su supremacía naval.
Aparte de esta expansión política, el historiador mira con consternación el hecho de que no se hubiese desarrollado la civilización, el aprendizaje y la jurisprudencia. El califa Umar prohibió la divulgación o el dictado de las tradiciones del Profeta. Por lo tanto, de esta época no hay ningún libro de historia, ni hadiz legado a la posterioridad. Sin embargo, la valentía de algunos creyentes ilustrados como Alí, Abu Rāfi, Ibrahim, Salmān, Abu Ďhar, etc., hizo que siguieran recitando o citando las tradiciones del Profeta, contrariando la orden del Califa. Las disputas religiosas, criminales o civiles eran resueltas consultando a los compañeros o con el criterio del Califa. Algunas veces, los casos difíciles se remitían a Alí, quien al clarificar el asunto fundamental de los mismos dictaba decretos llenos de sabiduría, los cuales eran aceptados agradecidamente por el Califa. Las conquistas islámicas estaban en su apogeo cuando, el 3 de noviembre de 644, Abu Lu’lu’, el descontento esclavo de Mughaira apuñaló al Califa. En su lecho de muerte, Umar encargó el asunto de su sucesión a un comité de seis personas de las cuales su hijo Abdul-lah, y Abdul Rahmān ibn ‘Auf tenían un peso decisivo. Además, había otra condición: El miembro que osara no estar de acuerdo con la decisión de la mayoría debería ser matado allí mismo. Abdul Rahmān le preguntó a Alí si el seguiría los estatutos (prácticas) de los dos Califas anteriores. Alí honestamente contestó que hasta donde él sabía, seguiría los estatutos del Profeta y de Dios. Abdul Rahmān lo ignoró; luego hizo la misma pregunta a su cuñado Uzman, quien prometió seguir los pasos de los dos Califas anteriores. En virtud de la autoridad que le había sido concedida, Abdul Rahmān nombró a Uzman como Califa. Dirigiéndose a la multitud, Alí dijo: “Esta no es la primera vez; mi derecho –divino– ya antes ha sido pisoteado”.[8]
Umar llevaba una vida llena simplicidad frugal; de igual manera que la llevada por el Profeta. En sus diez años de reinado, no sacó ventajas personales del poder ni benefició a sus familiares. Llevaba una vida de austeridad económica con un exiguo salario de 100 dirhams. Designó a hombres eficientes, de familias nobles en puestos claves; el salario de los compañeros era generoso. Todos los años, se les pedía a los gobernadores el impuesto sobre la renta con el fin de evitar que acumularan riqueza. Umar denunció y castigó severamente a Abu Huraira por haber adquirido propiedades ilegalmente. Sólo Mu’awiyah escapó a su auditoria, ya que a 700 millas de la Capital del Estado Islámico estaba sentando las bases de una monarquía en Siria.
Con todas estas características, Umar no podía tolerar un adversario. Ĵālid ibn Walīd ascendía en el poder. Durante el primer año de su califato lo tuvo bajo el manto de su supervisión y lo destituyó del comando. Abbas y Alí fueron aislados y se les mantuvo alejados de los puestos públicos. Umar mantuvo la paz en la nación. Pero ¿quién podía detener los males que venían junto a la abundancia de los botines y la riqueza de ingresos provenientes de los recién conquistados territorios? El influjo del dinero cambió el temperamento de las personas. El lujo y el libertinaje reemplazaron la simplicidad una vez inculcada con el ejemplo de la progenie del Profeta y sus Compañeros.[9]
Uzman tenía 70 años cuando fue nombrado Califa. Por el hecho de ser Omeya recibió prontamente la bienvenida de Abu Sufiân, quien le dijo manejara los hilos del gobierno dentro de la casa tribal. Uzman reemplazó a los gobernadores de la época de Umar con jóvenes de su propia tribu. El califa se encontraba débil físicamente, pero la sangre joven de Arabia presionaba para hacer nuevas conquistas. Nuevas tierras en Egipto y África quedaron bajo el dominio musulmán; el gobernador romano de Trípoli hizo un tratado en el que se comprometía a pagar un tributo anual de 25.000 piezas de plata. Armenia, Tabaristán, Túnez, Argelia y Marruecos fueron dominadas. La flota de Mu’awiyah conquistó la isla de Chipre. La ineficiencia de gobernadores crueles hizo que surgieran revueltas en Irán y Tabaristán, las cuales fueron aplastadas con mucha dificultad. Paso a paso, el califato se extendió desde el norte de África hacia Irak y Kabul cubriendo un espacio continuo de aproximadamente 6000 millas de occidente a oriente.
Administrar tan vasto imperio no era una tarea fácil. Los codiciosos parientes del Califa, debilitaron aún más sus ya cansados brazos. Algunos amigos de estos, con grandes deseos de arrebatarle el califato, conspiraron en su contra. Debido a la permisividad que le sobrevino por su avanzada edad, Uzman favoreció a sus parientes más allá de los límites permitidos. A Ĥakam ibn ‘Aās, el cual había sido maldecido por el Profeta, se le otorgó la suma de 300.000 dírhams. Así mismo, una fortuna de 500.000 piezas de oro le fueron concedidas a su maldecido hijo Marwan ibn Ĥakam, a quien el Califa había dado su hija en matrimonio. Sus yernos Hariz ibn Ĥakam y Abdul-lah ibn Ĵālid, fueron nombrados en altos puestos. El tesoro público, rebosante con los impuestos de territorios remotos pasó en grandes cantidades a la casa de los amigos del Califa; tanto es así, que cuando murieron Talĥa, Zubair y Abdul Rahmān, habían dejado millones de monedas de oro y plata.[10] Estos fueron los grandes compañeros que habían visto y compartido la austeridad en la vida sencilla que llevaba el Profeta. Abdul-lah ibn Sarh, condenado a muerte por órdenes del Profeta fue ascendido a virrey de Egipto. Walīd ibn Uqba, mencionado como ‘malvado’ en el Corán, fue designado gobernador de Kufa.
La testarudez y la falta de inteligencia de los favoritos del Califa destruyeron la administración por completo. La opresión ilegal afectó el cultivo. Hubo un descontento general por la creciente tiranía de los oficiales. Posteriormente, ciertos sucesos oscurecieron el ambiente de Medina. Los venerables ancianos, compañeros del Profeta cayeron en desgracia. Abdul-lah ibn Mas’ūd fue golpeado hasta fracturarle las costillas porque se negó a entregarle al Califa la copia de su Corán, ya que éste estaba compilando una copia estándar del libro sagrado. Los demás Coránes, usados en edición, fueron quemados, ¡qué horrible profanación![11] Ammar ibn Yāsir fue azotado. Abu Ďharr fue exiliado a Rabaza, a pesar de su solicitud: “Tengan piedad de mí, digan muerte, no exilio” (Shakespeare). Estos son los venerables compañeros del Profeta cuya reverencia y piedad es universalmente reconocida. El despotismo del Califa creció tanto que Alí dejo de asociarse con él. A’isha (Madre de los Creyentes), la esposa del Profeta, decretó que el Califa debía ser ejecutado.[12]
Desde Basora, Kufa y Egipto comenzaron a llegar delegaciones compuestas por respetables compañeros que habían establecido su residencia en ese lugar. Estas delegaciones le pidieron al Califa que las salvara de las garras de sus gobernadores. El Califa le dio a los egipcios un documento donde ordenaba el despido del gobernador Abdul-lah ibn Sarh y nombraba como su reemplazo a Muhammad ibn Abu Bakr. Con gran satisfacción estas personas regresaron a Egipto y cuando estaban en camino vieron una figura sospechosa que iba en la misma dirección pero que evitaba transitar por la ruta usual. Al registrarlo, le encontraron una carta con el sello del Califa. La carta iba dirigida a Abdul-lah, el gobernador, y le decía que continuara en su puesto de trabajo y matara a la persona que le presentara la orden de nombramiento como nuevo gobernador.
Con sorpresa y alarma, la delegación regresó donde el Califa y le enseñó el peligroso escrito que podía haber sido su sentencia de muerte. El Califa dijo desconocer dicho documento. Al aumentar la tensión, el Califa se refugió en la seguridad de su palacio, el cual fue sitiado por la indignada delegación. Que extrañas son las vicisitudes del tiempo: los mismos que habían recibido grandes riquezas de Uzman, conspiraron en su contra. Marwan, quien planeó todo el asunto, y Talha, quien ardía en deseos por apoderarse del califato, se mantuvieron al margen. El ejército, instruido por Mu’awiyah desde Siria para hacer una falsa muestra de ayuda se ubicó afuera de la ciudad y actuó con indiferencia como les había ordenado ese astuto político.[13]Debido a las ganas irresistibles de beber agua, Uzman le envió una nota a Alí pidiéndole le suministrara el fresco líquido. Por misericordia, Alí le envió dos botas con agua con sus hijos Hasan y Husain. Los despiadados rebeldes persistieron hasta que el 17 de junio de 656, ingresaron al edificio y asesinaron al patético Califa, ya doblegado por la edad.
En esta agitación, la ciudad del Profeta estuvo sin gobernante durante tres días hasta que Zubair, Talha, y otros notables fueron donde Alí y le pidieron que se hiciera cargo del califato. Al principio Alí rechazó la oferta, pero ante la insistencia de dichos dignatarios la aceptó poniéndoles como condición que lo obedecieran sin peros. Cuando aceptaron, Alí se hizo cargo de los asuntos del estado el 21 de junio de 656. El tesoro público fue distribuido por igual entre la gente. Zubair y Talha, acostumbrados a recibir grandes cantidades de dinero de los Califas anteriores se sintieron consternados al ver el exiguo sueldo que les correspondió. Dejaron al Califa y se fueron para la Meca donde A’isha (Madre de los creyentes), la esposa del Profeta, enemiga confesa de Alí,[14] bastante afligidos por el califato de Alí, iniciaron un golpe militar. Con el pretexto de vengar la muerte de Uzman, formaron un ejército y luego de saquear el tesoro de la Meca, los aliados se dirigieron a Basora, donde liderados por A’isha se tomaron la ciudad y despidieron a su gobernador luego de injuriarlo.
Para sofocar esta revuelta, Alí partió de Medina hasta Basora, y el 9 de diciembre de 656 se encontró con sus adversarios. Antes de encender la mecha de la batalla, les pidió a sus oponentes que le dijeran los nombres de los asesinos de Uzman para castigarlos. Luego se dirigió a Zubair y le recordó la tradición que el Profeta alguna vez había dicho de ellos. Al recordar la profecía, Zubair se retiró de la batalla. Poco después fue asesinado mientras decía sus oraciones al dirigirse a su casa, por un despreciable, Ibn Yarmuz. Talha fue asesinado en el campo de batalla por una flecha disparada por su compañero, su falso amigo, Marwan, el cual tenía entre sus planes disminuir el número de candidatos al Califato. Abdul-lah ibn Zubair se mantuvo firme al lado de su tía A’isha pero perdió la batalla. Sin embargo, en contra de las enseñanzas del Profeta fueron asesinados 13.000 musulmanes en este execrable conflicto. El victorioso Alí le recomendó a A’isha permanecer en su hogar como la dama que era y la envió a Medina con gran respeto.[15]
Recién había Alí terminado el asunto con los ‘oponentes aliados’ en la batalla de Yamal (el camello), cuando Mu’awiyah, el gobernador sirio se levantó en su contra con el falso pretexto de vengar el asesinato de Uzman. Antes de comenzar la riesgosa guerra contra Alí, había contratado los servicios del astuto Amr ibn ‘Aās, al que ofreció la gobernación sin auditorías de Egipto, de la cual había sido despedido por Umar tiempo atrás. Amr ibn ‘Aās prometió ayudar a Mu’awiyah haciendo uso de su gran inteligencia, heredada de una paternidad quíntuple. Con 100.000 hombres bajo su mando Mu’awiyah acampó en la orilla oeste del Éufrates en abril del 657. Alí avanzó desde Kufa a encontrarse con ese astuto enemigo. El conflicto comenzó con algunas escaramuzas en las que los ágiles soldados de Alí establecieron su superioridad sobre los corpulentos sirios. La lucha se suspendió durante dos meses debido a la santidad de la Hayy y del mes de Muharram, períodos demasiado sagrados para hostilidades.
En julio comenzó de nuevo la batalla. Es en este momento cuando las huestes de Mu’awiyah asesinan a Ammâr ibn Yāsir, el venerado compañero del Profeta quien se encontraba luchando en el bando de Alí. Esto causó gran intranquilidad, ya que todos recordaban cuando el Profeta había vaticinado el asesinato de Ammar por un grupo de rebeldes. En este punto Alí le envía un mensaje a Mu’awiyah donde le pide que paren la matanza y terminen la batalla en un enfrentamiento personal. Mu’awiyah era muy astuto para aceptar el fatal desafío y designa a Amr ibn ‘Aās en su reemplazo. Éste fue derrumbado por la primera estocada de la lanza de Alí pero escapó de la muerte mediante un vergonzoso ardid. Ubaidul-lah, hijo del difunto Califa Umar, fue menos cauto. Impulsado por una vieja enemistad se enfrentó con Alí y fue asesinado.
El día 30 de julio del 657 fue testigo de una lucha sangrienta. Ni el anochecer pudo detener tan mortífera carnicería, y la fiera batalla se prolongó durante toda la noche. A la mañana siguiente se observó la desesperada situación del ejército de Mu’awiyah, cuyas derrotadas filas empezaban a huir antes de la arremetida del terrible Mālik al-Ashtar.
El ingenio de Amr ibn ‘Aās, sin embargo, evitó la derrota. El taimado aliado de Mu’awiyah tenía listos 500 Coránes, los cuales fueron elevados en las puntas de las lanzas, al tiempo que se hacía la siguiente proclama: “Dejen que el libro sagrado se interponga entre ustedes y nosotros y decida esta batalla.” El efecto de esta frase fraudulenta fue mágico. A pesar de la advertencia de Alí, de que se trataba de un auténtico fraude y que la lucha debía continuar, muchos de sus soldados fueron engañados por esta frase y abandonaron la lucha. Otros, sobornados por Amr ibn ‘Aās, pedían en voz alta resolver la sanguinaria lucha mediante dos mediadores honorables, quienes debían resolver el conflicto bajo los preceptos coránicos. En resumen, las espadas se guardaron en sus cubiertas y las lenguas traicioneras se tomaron el campo de batalla. Amr ibn ‘Aās y Abu Musa Ash’ari fueron escogidos como mediadores en contra del consentimiento de Alí. Luego de siete meses de deliberaciones los ‘mediadores’ pronunciaron el ridículo decreto de que Mu’awiyah debía continuar como Gobernador de Siria y Alí debía ser despedido del Califato. Alí no hizo caso de la incoherencia de dichos ‘jueces’ y siguió en su puesto como Califa.[16]
Un grupo de los que habían sido engañados y que habían instado a que hubiese un arbitramiento en la batalla de Siffin, comenzaron a decir que Ali era un incrédulo puesto que había consentido dicho arbitramiento. Este grupo, conformado por unos 8000 hombres, se reunió en Nahrawān e inició una feroz revuelta. Para sofocar la sublevación, Alí se dirigió a dicha ciudad. Según su costumbre, exhortó primero a sus oponentes a que se comportaran como devotos musulmanes. Bajo el encanto de su elocuencia la mitad de sus oponentes se retiró del campo de batalla. La otra mitad sin embargo, persistió en luchar, y fueron asesinados. Este movimiento sobrevivió de todos modos; esta secta rebelde fue el dolor de cabeza de los gobernantes musulmanes durante un siglo y fue llamada la secta de los ‘Ĵariyitas’.
Por su parte, Mu’awiyah no permaneció quieto. Para crear el caos en la nación, envió a Busr ibn Artah, uno de sus comandantes, hacia la Meca y Medina. Este despiadado jefe cometió atrocidades horribles allí, persiguiendo a los musulmanes, especialmente a los chiitas, devotos de Alí. Incluso los niños eran asesinados en el regazo de sus madres. En Egipto fue envenenado Mālik al-Ashtar, el famoso general de Alí con el veneno suministrado por Mu’awiyah. Muhammad, el hijo de Abu Bakr, fue cruelmente ultimado por Amr ibn ‘Aās y después su cadáver fue quemado envuelto en la piel de un burro.[17]
Muchos reconocidos compañeros del Profeta, un gran número de seguidores de Alí fueron liquidados bajo las órdenes de Mu’awiyah. Alí siguió dirigiendo el Califato desde Kufa. En la mañana del 19 del mes de Ramadán, mientras oraba fue agredido por un Ibn Mulyam, y murió dos días después el 28 de enero de 661 D.C.
La mayor parte de los cinco años de su Califato Alí los dedicó a combatir a sus traicioneros oponentes. Sin embargo, con gobernadores honestos y eficientes, su excelente administración hizo recordar la paz de los tiempos del Profeta. Continuamente se emitían órdenes a los jefes de los ejércitos, a los gobernadores y jueces para que garantizaran el bienestar y la prosperidad de las personas. El tesoro se gastaba generosamente para satisfacer las necesidades de los pobres, musulmanes o no; en la construcción de vías y puentes y en la construcción de escuelas, hospitales y casas de descanso. Por primera vez la bandera del Islam flameó en la lejana Sind. Se creó un Departamento que inspeccionaba la tierra y regularizaba los impuestos.
Alí, quien fue instruido por el Profeta durante 30 años encarnaba todas las virtudes. La generosidad, la valentía, la misericordia, la justicia, la piedad, la sabiduría, todas estaban reunidas en una persona, con espléndida majestad. General talentoso en la batalla, elegante soldado en la lucha, dotado orador en el pulpito conquistaba a los ejércitos hostiles con su elocuencia natural. Su perfección moral lo llevó a ser justo aún con sus enemigos. En su lecho de muerte le indicó a su sucesor, el Imam Hasan, que satisficiera las necesidades de su asesino y que le evitara un castigo excesivo.[18] Obras maestras de su oratoria, discursos y exhortaciones han sido incluidas en las obras de Tabāri, Ibn Sa’ad, etc., y han sido reunidas en Nahy al-Balagha por Sayed Sharif Razi. Además de responder por su elocuente y fluido lenguaje, ellos dan testimonio de la grandiosidad de sus ideas y de la sublimidad de la sabiduría y el conocimiento que había adquirido. Con su muerte se esfumó el ideal de vida honesta y sencilla que el Profeta había enseñado a sus seguidores.
Tras la muerte de Alí, la gente de Kufa le juró lealtad como Califa al Imam Hasan. Mu’awiyah avanzó con su ejército hacia esa ciudad. El Imam Hasan se dispuso a enfrentarlo; pero en Siffin había visto de qué manera la riqueza y la diplomacia de Mu’awiyah habían comprado la consciencia de personas comunes y ambiciosas. Claramente se dio cuenta de cómo la propaganda y el soborno que había hecho Mu’awiyah habían ocasionado un desorden y deserción entre sus soldados, y que él no podría luchar contra un enemigo tan astuto con un ejército desmotivado. Al considerar todas estas circunstancias, el Imam Hasan creyó apropiado aceptar la oferta de paz que le había hecho Mu’awiyah. Se firmó un tratado, y el Imam Hasan se retiró de los asuntos del estado con las siguientes condiciones:
1. Mu’awiyah administraría todo el reino islámico de acuerdo con los preceptos coránicos y las enseñanzas del Profeta.
2. Mu’awiyah no nombraría a su sucesor; a su muerte la administración del estado recaería en los descendientes del Profeta.
3. Mu’awiyah detendría la costumbre de Maldecir a Alí desde el púlpito los viernes.
4. Mu’awiyah no hostigaría a los Chitas (seguidores de Alí), etc.
Después de llegar a este acuerdo, El Imán Hasan regresó a Medina. Pero mientras siguiera con vida, Mu’awiyah lo vería como un obstáculo para sus planes imperiales. Por último, le ordenó a Marwan, Gobernador de Medina, sacarlo del camino. Marwan se las ingenió para envenenarlo. Así lo hizo, y este príncipe quien llevaba una vida semejante a la del Profeta, fue martirizado el 27 de marzo de 670. Mu’awiyah se sintió completamente satisfecho con las noticias de su muerte, y se prostró para agradecerle a Dios.[19]
 
Fuente: Libro “UNA BREVE HISTORIA DEL ISLAM (Desde sus inicios hasta 1995)”
Editorial Elhame Shargh
Todos derechos reservados.
Se permite copiar citando la referencia.
Fundación Cultural Oriente

[1] Tabari, III, 98; Ibn Khaluon, I, 438.
[2] Tabari, III, 108; Suyūti, Tariĵ, 132; Gibbon, Decline & Fall, V, 407.
[3] Tabari, III, 198; Eqdul Fareed, II, 176.
[4] Tariĵ-e-Ĵamis, II, 325.
[5] Bukhāri, Kitāb al-Ahkām, 29; Kitāb al-Maghāzi, pág. 17; Kamil, III, 141.
[6] Corán 42:23 comentado por Razi, 17, página 160; y otros comentadores como Zamakhshari en Kashshāf, Tabarsi, etc; Ver también al musulmán, Ṣaḥīḥ, VII, 122.
[7] Ibn Athir, Kamil, II, 213; Suyuti, Tarikh, 100.
[8] Ibn Athir, Kamil, III, 398, Yaqubi, II, 231; Tabari (Edición Cairo) III, 297.
[9] Tabari, III, 532; Ibn Athir, Kamil, III, 180.
[10] Masudi, Muruy, II, 222; Ibn Hayar, Isaba, III, 632.
[11] Bukhāri, par. 6, 25; Suyūti, Itqan, II, 44. Washington Irving, Life, II, 16 
[12] Ibn Kathir, Al-Bidaya, III, 268; Aasam Kufi, History, 328. 
[13] Hitti, Philip K. Historia de los Árabes, 257.
[14] Gibbon, Declive  & Caída, V, 411; Mas’udi, II, 415.
[15] Mas’udi, II, 418; Dinawari, Akhbar, 398.
[16] Dinawari, Akhbar, 401; Ibn Kathir, Kamil, IV, 378.
[17] Aasam Kufi, Historia, 338; Masudi, II, 287.
[18]  Masudi, II; Kamil, IV, 235. Aasam Kufi, Historia, 330.
[19] Tabari, III, pág. 604; Masudi, II, 303; Abul Fida, Historia, I, 183.
El Califato guiado en la Historia del Islam, División en el Islam, Shia y Sunna.jpg
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