Historias de los arrepentidos (I)

Por: Husain Ansâriyân
 
 “Hay en sus historias motivo de reflexión para los dotados de intelecto...” [Corán: 12:111]
Âsiah era la esposa del Faraón, quien era arrogante, malvado, malicioso, además que tenía malas creencias y cometía actos reprobables. El Sagrado Corán describe a Faraón como injusto, orgulloso, criminal, derramador de sangre y tirano.
Âsiah se sentaba en el trono al lado del Faraón como la reina del gran país donde todo estaba a su alcance. Âsiah era un gobernante como lo era su esposo. Ella tenía gran autoridad y podía tomar lo que quisiera del reino y de la riqueza del país.
Por supuesto, la vida al lado de tal esposo, en la forma de gobierno y poder y ese palacio real, el cual estaba lleno de sirvientes, esclavos y séquitos. Era una vida llena de placer, entretenimiento y felicidad.
Pero esta joven mujer, quien era poderosa y en ese fascinante ambiente , un día escuchó la voz de la verdad y el llamado de la realidad a través del mensajero de Dios, Moisés, el hijo de Imran (P). Ella entonces conoció la nulidad de su creencia, la falsedad de su cultura y la fealdad de los hechos de su esposo. La luz de la verdad iluminó su corazón y a pesar de eso ella sabía bien que aceptar esta verdad le haría perder todo lo que tenía de poder, de riqueza e incluso también podría perder hasta su propia vida. A pesar de todo eso, no se aferró a su lujoso ambiente. Ella aceptó la verdad y creyó en la Divina religión y se sometió a Dios Todopoderoso. Ella estaba lista para entrar al campo del arrepentimiento y hacer buenas obras para reformar su otra vida.
El arrepentimiento no fue algo simple y fácil para Âsiah. Para llevar a cabo su arrepentimiento tuvo que dejar a un lado todos los asuntos de su vida y prepararse para culpar y reprochar los diferentes tipos de tormentos del Faraón y sus asistentes. No obstante, ella entró en el campo del arrepentimiento, la fe, la guía y los buenos hechos. Su arrepentimiento le costó mucho al Faraón, ya que se difundió por todo el pueblo que la esposa del Faraón, la poderosa reina, había renunciado a la fe de su esposo, y creído en la religión de Moisés, el mensajero de Dios. Todos los medios de tentación y amenaza por parte de Faraón y sus secuaces no le hicieron efecto ya que ella había encontrado la verdad con su corazón y su mente y había descubierto el vacío y la falsedad del espejismo de la autoridad. Âsiah no podía reemplazar la luz de la verdad por la oscuridad de la falsedad y el abismo de la desviación. ¡Sí! ¿Cómo podía ella reemplazar a Dios con el Faraón, la verdad con la mentira, la luz con la oscuridad, lo correcto con lo incorrecto, la otra vida con esta, el Paraíso con el infierno y la felicidad con la tristeza y la desgracia?
Así fue que Âsiah insistió en la fe, en el arrepentimiento y en el retorno hacia Dios; por su lado el Faraón insistía en llevarla consigo a la falsedad de su compañía.
Cuando el Faraón vio que todos los medios que utilizó no tuvieron ningún efecto en Âsiah para traerla de nuevo a su compañía, se enojó mucho y sintió que había sido traicionado ante la firmeza de ella. Así que dio la orden de torturar a Âsiah por medio de la crucifixión, con clavos en sus manos y pies, y luego después de tan severo tormento   la sentenció a muerte. Este malvado dio la orden que se le aplastara (a Âsiah) con una gran roca; no obstante Âsiah fue paciente y se refugió en Dios. Le pidió a Dios que aceptara su arrepentimiento, en medio de tan cruel tormento y le permitiera regresar a Él.
Vemos así que  el Sagrado Corán  da el ejemplo de Âsiah, la esposa del faraón, como un ejemplo de virtud y nobleza para todas las mujeres y los hombres. Es por su verdadero arrepentimiento, su fe, su Ÿihâd, su paciencia, su certidumbre, su firmeza y su determinación que ninguna  excusa queda para ninguna persona en ningún tiempo ni nación. Nadie puede decir que dependiendo de ciertas circunstancias puede o no puede arrepentirse y tornar a Dios. Al respecto Dios ha dicho:
“Y Dios pone como ejemplo para los creyentes a la mujer de Faraón. Cuando dijo: “¡Señor! ¡Constrúyeme, junto a Ti, una casa en el Jardín y sálvame de Faraón y de sus obras! ¡Sálvame del pueblo impío!”[Corán: 66:11]
Âsiah posee un alto grado de grandeza, honor y dignidad debido a su arrepentimiento, fe, paciencia y rectitud. Tanto así que el Profeta (BP) dijo respecto a ella: “el paraíso ha permanecido por cuatro mujeres: Mariam bint1 ‘Imrân, Âsiah bint Muzâhim la esposa de Faraón, Jadiÿah bint Juwaild, la esposa del Profeta en esta vida y en la otra, y Fátima bint Muhammad”.2
Mulla Ahmad An-Narâqi en su libro de moral Mi‘râÿ As-Sa‘âdah, en el tema concerniente al verdadero arrepentimiento menciona una maravillosa historia:
Sha‘wâna era una jovencita. Era bailarina y tenía una hermosa voz. No le preocupaban las cosas permitidas o no permitidas. Cuando había una reunión donde había vicio y alcohol para la gente joven de Basra, esta joven era invitada para deleitarlos. Bailaba y cantaba entre esa gente corrompida por el placer y el disfrute. Junto con Sha‘wâna había un grupo de mujeres y otras chicas.
Un día mientras Sha‘wâna iba  con sus amigas a una de sus reuniones, oyó un lamento que venía de una casa. Ella se quedó pasmada. Preguntó: ¿cuál es el problema? ¿Por qué ese grito? Envió a una de sus amigas a que averiguara. Su amiga fue pero no regresó. Así que envió a otra de sus amigas pero tampoco volvió con noticias. Después le pidió a otra de sus compañeras que fuera a ver pero que no la dejara esperando tanto rato. Así que esta fue y al regresar le dijo: “ay mi señora, ese grito era de la gente pecadora y licenciosa”.
Sha‘wâna dijo: “es mejor que yo misma vaya y me cerciore”. Así que se aproximó al lugar y vio a un predicador que le estaba recitando a la gente un versículo del Corán que dice:
“Cuando les vea, lejos aún, oirán su furor y bramido. Cuando, atados unos a otros, sean precipitados en un lugar estrecho de él, invocarán entonces la destrucción”. [Corán: 25: 12-13]
Al escuchar este versículo y al entenderlo con su alma y corazón, Sha‘wâna lloró y gritó: “¡ay predicador! Yo soy una de las pecadoras. Estoy contaminada con el pecado y ahora estoy arrepentida y avergonzada. ¿Será que mi arrepentimiento es aceptado por el Creador?”
El predicador dijo: “sí, tus pecados te serán perdonados incluso si son tan graves como los de Sha‘wâna”. Ella respondió: “¡Qué vergüenza, yo soy Sha‘wâna. Mis pecados han sido tantos que me he convertido en un ejemplo entre  los pecadores! Desde ahora no iré más a esas reuniones y me abstendré de pecar”. El predicador dijo: “Dios es el Misericordiosísimo, incluso lo es contigo”.
Así fue que Sha‘wâna se arrepintió de corazón y se convirtió en una de los verdaderos adoradores hasta que su cuerpo, que había crecido en el pecado se purificó. Su corazón le dolía mucho y su pena le lastimaba bastante. Un día se miró al espejo y dijo: “¡Ah, esta es mi vida en este mundo, y ¿qué de mi otra vida?” Así que escuchó una voz en su interior que le dijo: “sigue con tu adoración y sabrás cómo será tu otra vida”.
Nasr Ibn Muzâhim menciona en su libro Waq‘ah (batalla de) As-Siffin que Hâshim al Mirqâl  fue con un grupo de recitadores de Corán a apoyar a Amir al-Mu’minin ‘Alí (P) en la batalla de Siffin cuando vio a un hombre joven de entre el grupo de Mu‘âwiya recitando algunos poemas y retando a alguien para que peleara con él. Insultaba este al Imam ‘Alí (P), lo maldecía y lo desprestigiaba mucho. Hâshim al Mirqâl le dijo  a este hombre: “después de esta intervención tuya hay enemistad, y después de esta batalla habrá castigo. Témele a Dios porque retornarás a Él y te preguntará acerca de esta situación y acerca de lo que has tratado de hacer”. El hombre dijo: “lucharé en contra de ustedes porque tu Imam no hace las oraciones; así he escuchado”.
Hâshim cuenta que le mostró a dicho joven la verdad  y le probó la desobediencia de Mu‘âwiya. Al saber la verdad, el joven se arrepintió, se disculpó, retornó a Dios y se unió al ejército del Imam ‘Alí  (P).
El Imam al Bâqir (P) narró: “había un joven judío que solía acercarse al Profeta de Dios (BP) hasta que el Profeta se familiarizó con el muchacho. El Profeta (BP) le encargaba que le trajera algo de alguna parte o incluso enviaba libros con él a su gente. El Profeta se extrañó pues no volvió a ver al muchacho durante algunos días, así que preguntó por él. Se le dijo que el judío estaba en los últimos días de su vida. Así que el Profeta (BP) fue con algunos de sus compañeros a visitarlo. El Profeta tenía un carisma tan hermoso que a cualquiera a quien se dirigiera, inmediatamente obtenía una respuesta. Así que el Profeta de Dios (BP) llamó al muchacho y este le respondió: “ay Abul Qasim1, aquí estoy”. El Profeta le dijo: 'di: Atestiguo que no hay más dios que Dios y que Muhammad es Su Profeta' El joven miró a su padre pero no le dijo nada. El Profeta (BP) le pidió de nuevo al muchacho que repitiera esas palabras pero este miró otra vez a su padre pero este tampoco le dijo nada. Así que el Profeta le pidió por tercera vez que dijera su shahâda (testimonio de fe), el muchacho miró de nuevo a su padre y este por fin le dijo: “si quieres toma tu shahâda, si no quieres no lo hagas”. El muchacho al final se decidió y dijo: “Atestiguo que no hay más dios sino Dios y que tú eres Su profeta”. Tan pronto el joven dijo esas palabras, murió. El Profeta (BP) le pidió al padre del muchacho fallecido que lo dejara a solas con él. Luego les dijo a sus compañeros: “Báñenlo (háganle el Gusl), envuélvanlo y tráiganmelo para hacer oración por él”. Luego el Profeta (BP) dijo: “Alabado sea Dios que por medio mío salvó a alguien del infierno”.
El Imam Sâdiq (P) narró que el Profeta de Dios les dijo cierto día a sus compañeros en el campo de batalla: “vendrá un hombre desde una de esas montañas. Ha desistido de seguir a Satanás (al demonio) desde hace tres días. No pasó mucho tiempo cuando apareció un Beduino. Su piel estaba pegada a sus huesos, sus ojos estaban hundidos y sus labios se habían enverdecido de tanto  comer legumbres. Preguntó por el Profeta (BP) y pidió hablar con él. Le dijo: “¡Ay Profeta, ofréceme el Islam!” El Profeta (BP) le dijo: “Di: No hay más dios que Dios y Muhammad es Su profeta”. El hombre dijo: “Atestiguo”. El Profeta le dijo: “debes rezar cinco veces al día y ayunar durante el mes de Ramadán”. El hombre dijo: “lo haré”. El Profeta añadió: “debes hacer la peregrinación a la Kaaba pagar el Zakât y hacer el Gusl para purificarte del estado de Ÿinâbah”1. El hombre dijo: “lo haré”. Después de esto, el hombre y su camello se atrasaron en la caravana. El Profeta paró y preguntó por el beduino. Algunos se fueron a buscarle. Encontraron que la pata de su camello se había quedado atrancada en un nido de ratas y este por lo tanto había caído al piso. El cuello del camello y de su dueño se había roto y por lo tanto cayeron muertos.  El Profeta (BP) les ordenó a sus compañeros que erigieran una tienda de campaña para hacerle el ritual correspondiente al hombre. La gente oía que el Profeta (BP) se movía de un lado para el otro dentro de la tienda. Cuando el Profeta (BP) salió de esta su frente estaba sudorosa. Dijo: “Este beduino al morir tenía hambre. Había creído el Dios y su fe no estaba mezclada con injusticia. Así que las huríes[1] se apresuraron hacia él para darle frutos del paraíso. Una de ellas me dijo: “Mensajero de Dios, hazme una de sus esposas”, y otra también me dijo: “Mensajero de Dios, hazme también una de sus esposas”.[2]
Shaqiq era el hijo de un hombre rico. Cierta vez, cuando todavía era un muchacho se fue de viaje de negocios a la tierra de los turquíes.[3] Entró a un templo idólatra. Vio a un hombre que se había rasurado completamente la cabeza y su barba y llevaba puesta una ropa de color púrpura. Shaqiq le dijo a ese hombre: “tienes un Creador vivo y que todo lo sabe. Adórale a Él y no a esos ídolos que ni te benefician ni te hacen nada”.
El hombre de la apariencia extraña le dijo a Shaqiq: “Si es como tú dices, entonces Él (el Creador) te brinda los medios de subsistencia en tu país, pero entonces ¿por qué viniste tras tan largo viaje hasta aquí para hacer negocios? Shaqiq pensó mucho en esas palabras y se fue por la vía del ascetismo, diciendo: “Le he preguntado a setecientos eruditos acerca de cinco cosas y todos me han contestado lo mismo: ¿quién es racional?, una persona racional es quine no ama la vida mundanal; ¿quién es bueno?, es bueno aquel que no se decepciona de la vida; ¿quién es rico?, es rico aquel que está satisfecho con lo que Dios le ha proveído; ¿quién es pobre?; es pobre aquel que desea tener cada día más y más; ¿quién es tacaño?; tacaño es quien no da de sus propiedades como mandato de Dios.
Se dice que los ángeles suben al cielo con los pecados de una persona y cuando los llevan para ser registrados en el Libro encuentran buenas acciones registradas, se postran y dicen: “Mi Señor, Tú sabes que lo que hemos escrito en su contra es lo que acaba de hacer”. Luego Dios dice: “dijeron la verdad, pero mi siervo se arrepintió de su pecado y rogó con sus lágrimas para que le perdonara, así que le perdoné generosamente, pues ciertamente Yo soy el más Generoso”.
Se dice que cuando Dios maldijo  a Satanás, este le pidió a Dios que le diera una tregua y Dios se la dio hasta el Día de la Resurrección. Dios le preguntó: ¿qué harás?, este le respondió: “juro por Tu Grandeza que no saldré del pecho de  tus siervos hasta que mueran”. El Creador dijo: “por Mi Gloria y Mi Grandeza que no prevendré a mi siervo del arrepentimiento hasta que muera”.
Se narra que Îazid Ibn Marthad siempre lloraba y sus lágrimas nunca cesaban. Cuando se le preguntó al respecto, dijo: “Dios ha dicho que me castigará por mis pecados. Si me encerrara en un baño, eso haría que mis lágrimas no cesaran…pero imagínense qué pasaría si me encerrara en una prisión cuyo fuego no cesará durante tres mil años. Ese fuego arderá durante mil años hasta que se torne rojo, por mil años hasta que se torne blanco y otros mil años hasta que se torne completamente oscuro, más oscuro que la noche”.1
Se narra que Abu Umar al Zuÿâÿi, quien era un hombre piadoso, dijo: “mi madre falleció y yo heredé una casa. La vendí por cincuenta dinares y me fui a hacer la peregrinación a la Meca. Cuando llegué a Babilonia, uno de los miembros de la caravana me vio y preguntó: “¿cuánto tienes?”, me dije a mí mismo, “la confianza es buena”, así que le respondí, “cincuenta dinares”, y este me dijo, “dámelos”, así que le di una bolsa. La abrió y vio en ella los cincuenta dinares. Luego me dijo, “tómalos, estoy impresionado con tu confianza”, se bajó de su caballo y me dijo: “móntate”, y  yo le dije: “no quiero”. Me insistió tanto que me monté en el caballo. Finalmente dijo, “te seguiré”. Al año siguiente también se unió a mí y permaneció conmigo hasta que murió”.1
Uno tiene que prestarles atención a sus vecinos en todo y ser un buen hermano con ellos. Uno debe estar al pendiente de sus problemas, acompañarlos en sus penas, ayudarles en diferentes situaciones de sus vidas y acompañarlos en las calamidades. Pero el vecino de Abu Basir no era de este tipo de vecinos. Abu Basir contó: “yo tenía un vecino que era seguidor de los mandatarios y por lo tanto tenía mucho dinero. Traía algunos cantantes a su casa y hacía reuniones y bebía vino. Eso siempre me molestaba. Siempre iba a quejarme ante él pero nunca me prestaba atención a lo que yo le decía. Cierto día le  insistí y me dijo: “hombre, yo estoy afligido  y tú estás a salvo. ¿Podrías presentarme a tu amigo Abu ‘Abdullah as-Sâdiq (Imam Sâdiq) (P)? Espero que Dios me salve por medio tuyo”. Me sentí afligido por lo que me dijo. Cuando fui donde el Imam (P) le mencioné el estado de ese hombre. El Imam (P) me dijo: “cuando regreses a Kufa el hombre se acercará a ti y tú le dirás: “Yafar As-Sâdiq te manda decir: deja de hacer todo lo malo que haces y te aseguro el Paraíso en el Nombre de Dios”. Cuando regresé a Kufa y le di el mensaje a mi vecino, este lloró y dijo: “Por Dios, ¿Ÿa‘far As-Sâdiq dijo eso? Le juré que eso era lo que había dicho  el Imam (P). Así que dijo: “es suficiente para mí”, y se fue. Después de algunos días me mandó a llamar. Lo encontré desnudo detrás de la puerta de su casa. Me dijo: “Abu Basir, nada queda en mi casa. Me he deshecho de todo y mírame como quedé”. Fui donde mis amigos y les pedí ropa para vestirlo. Después de unos días me mandó a decir que estaba enfermo. Lo visité y lo acompañé hasta que llegó la hora de su muerte. Yo estaba sentado cerca suyo mientras él moría. Se desmayó por un momento y luego volvió en sí diciéndome: “Abu Basir, tu amigo (Imam Sâdiq (P)) ha cumplido su promesa”. Al decir esto murió. Cuando fui a hacer mi peregrinación, visité al Imam (P). Pedí permiso para entrar en su casa. No esperó que yo entrara completamente, mientras tenía un pie mío todavía en la entrada y el otro en el pasillo de su casa, me dijo (el Imam): “Abu Basir, le hemos cumplido la promesa a tu amigo”.1
Una noche tuve el honor de ofrecer mi oración en la ciudad santa de Qom detrás del honorable sabio y profesor de ética ya fallecido Hâÿÿ Rizâ Bahâuddini. Después de la oración le dije a esta honorable persona, “necesito su consejo e invaluables palabras”. Me dijo, “deposita toda tu esperanza en Dios Todopoderoso, el Siempre Dador. Él no le niega a nadie Su cuidado y Misericordia. Él mismo prepara el camino y los medios para la guía de Su gente”. Seguidamente mencionó una hermosa historia narrada por un caravanero de Aromía, al norte de Irán, quien traía con él una caravana de peregrinos y viajeros a la santa ciudad de Mashhad cada año. El caravanero había dicho, el viaje en automóvil ha comenzado recientemente. Un viajero en el tiempo de antes llevaba su equipaje consigo porque para entonces los carros eran camiones. Los viajeros acumulaban su equipaje al lado suyo.
En uno de los viajes para visitar la mezquita del Imam Rizâ (P) había treinta viajeros conmigo en el camión. Nuestro viaje estaba planeado para realizarse a principios de la siguiente semana. Yo vi al Imam Rizâ (P)en mi sueño. Me dijo con especial cariño y amor, “trae contigo en este viaje a Ibrahim, el ladrón que roba los bolsillos de los viajeros”. Me desperté atónito. Medité sobre la razón por la cual el Imam (P) me había dicho que trajera a ese hombre licencioso quien era famoso por su maldad y cuya fama entre la gente era malísima. Pensé que este sueño era sólo uno de esos que no son ciertos, que lo confunden a uno. La segunda noche vi el mismo sueño, sin embargo no le presté atención. En la tercera noche vi que el Imam (P) estaba enojado. Me dijo con voz enojada, “¿por qué no has hecho lo que te he pedido?”.
Al viernes siguiente me dirigí al sitio donde la gente licenciosa se reunía. Vi a este Ibrahim con ellos. Lo invité a que visitara la Mezquita del Imam Rizâ (P). Se asombró mucho y me dijo, “la Mezquita del Imam Rizâ no debe ser visitada por gente corrompida por el pecado como yo. Hay muchos piadosos. Por favor exceptúame de ese viaje”. Le insistí pero no aceptó. Luego me dijo muy enojado y cortantemente, “no tengo el costo del viaje. En efecto, tengo treinta reales los cuales obtuve ilegalmente. Los he robado de una pobre anciana”. Le dije, “no quiero que me pagues nada. Soy responsable de tu ida y vuelta. Eres mi invitado especial”. Al fin aceptó venir conmigo a Mashhad. Se decidió que la caravana saldría el domingo.
Arreglamos todo y se inició el viaje. Todos los viajeros estaban aterrados por la presencia de Ibrahim, el ladrón, entre ellos,  pero nadie se atrevía a preguntar nada.
El carro se movía con todos estos viajeros y sus equipajes por el camino a través de montañas y valles. Llegamos cerca de Zaidar. Era un área peligrosa pues era el lugar de los piratas terrestres turquíes. De pronto vimos que la vía fue cerrada por uno de estos hombres. El carro se detuvo y el hombre se subió. Les gritó a los viajeros, “echen todo su dinero en esta bolsa y no se resistan porque los mataré”.
El hombre tomó todo el dinero que tenían los viajeros y el conductor y se fue. El carro prosiguió y después de varias horas llegó a Zaidar. Se detuvo frente a un café. Los viajeros se bajaron y se sentaron entristecidos por lo que les había sucedido. El más triste era el conductor que dijo, “no me queda nada de dinero. No tengo ni para la gasolina ni los gastos del carro. Así que es muy difícil que lleguemos a nuestro destino”. Se echó a llorar. Ibrahim, el ladrón, sacó un rollo de billetes de su bolsillo y le dijo al conductor, “¿cuánto te robó ese hombre?”. El conductor mencionó cierta cantidad e Ibrahim se la dio. Luego Se dirigió hacia cada uno de los viajeros y les dio la cantidad de dinero que les había robado aquel hombre. Nada le quedó en su bolsillo excepto treinta reales. Ibrahim dijo, “estos treinta reales era el dinero que yo traía conmigo”. Todos quedaron atónitos y le preguntaron a Ibrahim de dónde había sacado ese dinero. Ibrahim respondió: “yo estaba parado cerca de la puerta del carro. Cuando el pirata tomó el dinero de la bolsa y lo puso en su bolsillo, se sintió seguro de que había cumplido con su acometido. En el momento en que se bajaba del carro, le robé el dinero de su bolsillo. Se bajó sin sentir nada. El carro se fue rápidamente para alejarse de ese lugar. Así que este es el dinero que el hombre les había robado”.
El caravanero continuó su narración diciendo: “lloré mucho. Luego Ibrahim me dijo que trajera el dinero de vuelta, ¿por qué lloras? Le conté lo que había visto en mis sueños y le dije, ahora entiendo por qué el Imam (P) me insistió en que te trajera en este viaje. Quería salvarnos del peligro por medio tuyo. Al oír esto, el rostro de Ibrahim cambió completamente y rompió en llanto. Continuó así hasta que arribamos a Mashhad y el domo de oro de la Santa Mezquita se mostró frente a nosotros. Allí dijo, “ata mis manos y pies y arrástrame hasta la Mezquita”. Cuando llegamos, hicimos lo que Ibrahim nos pidió. El se encontraba en un maravilloso estado de humildad y de arrepentimiento en su camino hacia la Sagrada Mezquita. Se arrepintió de manera maravillosa y real. Tiró el dinero que le había robado a aquella anciana. Le rogó al Imam Rizâ (P) que intercediera por él ante Dios para que le perdonara sus pecados. Los viajeros le bendijeron. Nuestro viaje terminó lleno de felicidad y regresamos a Aromía, excepto por aquel arrepentido que se había quedado a vivir en las afueras de la Mezquita”.
Se narra que cierta vez el Imam Sâdiq (P) estaba sentado en el templo de Abraham (P) en la Kaaba cuando un anciano, quien había malgastado su vida en desobediencia y pecado, se le acercó. Miró al Imam (P) y le dijo: “tú eres el mejor intercesor ante Dios para los pecadores”. Tomó la cortina de la Kaaba y dijo:
 
“Por la virtud del abuelo de este hombre [el Profeta Muhammad (PB)],
Por la virtud de al- Abtahiy al-Hashimity,
Por la virtud de lo que se le ha revelado,
Por la virtud de su guardián, el gran héroe [Imam ‘Alí (P)],
Por la virtud de los dos hijos purificados de ‘Alí [Imam Hasan e Imam Husain (PB)],
Y su madre, la hija de los puros benevolentes,
Por la virtud de todos los Imames que han seguido el camino de su abuelo,
Por la virtud del Mahdi,
¡Ay Dios mío, perdona a este pecador esclavo tuyo!
Luego se escuchó una voz que decía, “hombre, tus pecados fueron grandes pero te los hemos perdonado por toda la virtud de tus intercesores. Si nos pidieras que perdonáramos a todos los pecadores del mundo lo haríamos, excepto por el que mató a la camella del Profeta Sâlih, los asesinos de los profetas y los asesinos de los infalibles Imames”.1
Faid al Kâshâni, quien es un dechado de virtudes, sabiduría, visión y entendimiento, dice en su valioso libro al Mahaÿatul-Baidâ narra: “cierta vez un alcohólico se reunió con algunos de sus amigos, le dio cuatro dirhames a  su sirviente y lo mandó a comprar algunas frutas para su fiesta. El sirviente pasó por la casa de Mansur ibn ‘Ammâr mientras le pedía a la gente que le ayudara a un hombre pobre. Dijo: “quien le de cuatro dirhames a este hombre le ofreceré cuatro oraciones”. El sirviente le dio los cuatro dirhames al hombre. Mansur le dijo: “¿qué quieres que pida por ti?”, el sirviente dijo: “quiero liberarme de mi amo”. Mansur pidió por eso, y luego le preguntó, “¿qué otra cosa quieres?”, el hombre le dijo, “que Dios me compense los cuatro dirhames”, así que Mansur oró por eso. Le inquirió de nuevo al esclavo, “¿qué otra cosa?”, este le respondió, “Que Dios acepte el arrepentimiento de mi amo”, en efecto Mansur oró para que eso se cumpliera. Luego preguntó al sirviente acerca de su otra petición, este le dijo, “que Dios me perdone a mí, a mi amo, a ti y a toda la gente”. Mansur elevó su oración y el muchacho se fue. Al llegar a la casa de su amo, este le preguntó por qué se había tardado tanto. El esclavo le explicó lo que había acontecido. El amo le preguntó cuales eran las peticiones que le había hecho a Mansur. El esclavo le dijo: “pedí por mi libertad”, su amo le dijo: “eres libre desde ahora. ¿Cuál era la otra cosa?”, “que Dios compensara los cuatro dirhames que le di al hombre pobre”, dijo el esclavo. “te doy cuatro mil”, dijo el amo. “¿Cuál es la otra cosa?”, “que Dios acepte tu arrepentimiento”, dijo el esclavo. Ante lo cual el amo dijo, “desde ahora me arrepiento y me torno hacia Dios. ¿Cuál es la cuarta cosa?”. El sirviente respondió, “que Dios me perdone a mí, a ti, a Mansur y a toda la gente”. El amo le dijo, “esa cuarta cosa no me corresponde a mi”. Cuando este hubo ido a dormir, escuchó en su sueño que alguien le dijo, “has hecho lo tuyo. ¿Piensas que no he hecho lo mío? Te he perdonado a ti, a tu sirviente y a toda la gente del momento”.1
Se narra que en el tiempo de uno de los hombres cercanos a Dios había un hombre joven que había gastado su vida en banalidades, lujos y diversión restándole atención a la otra vida. Por consiguiente estaba alejado de la gente piadosa y benevolente y no tenía lugar entre la gente notable y caritativa. Cuando llegó el momento de su muerte, repasó la lista de sus acciones  en el pasado y no encontró ni una rama de la cual asirse ni tampoco encontró en el jardín de su moral ni una flor que tuviera la fragancia de la buena vida. Se lamentó con todo su corazón hasta que sus lágrimas le rodaron por las mejillas. Le pidió a su Señor arrepentido que le perdonara por lo que había hecho, “¡ay mi Señor, Tú eres el Poseedor de este mundo y del otro, ten piedad de este que no tiene ni este mundo ni el otro!” después de su muerte, la gente se alegró; lo llevaron a un hueco y lo taparon con tierra. En esa misma noche el santo oyó en su sueño una voz que le decía, “ve a ese lugar y baña el cuerpo, luego sepúltalo junto a la gente piadosa”. El piadoso dijo: “ese hombre era famoso por su maldad. ¿Qué acción le ha hecho merecedor de estar cerca de Ti para que merezca Tu perdón y misericordia?”. Escuchó la respuesta, “lo vimos desprotegido, se sintió apenado y lloró así que tuvimos misericordia de él. ¿Acaso hay alguien que nos haya pedido que le rescatemos y no le hayamos rescatado?; ¿hay algún necesitado que nos haya pedido que le suplamos su necesidad y no lo hayamos hecho?”1
Ÿâbir al-Ju‘fi, uno de los narradores confiables de la Escuela Ahlul Bayt (P), narró que el Profeta de Dios (BP) dijo: “cierta vez tres hombres decidieron deambular por la tierra. Mientras estaban adorando a Dios en una cueva en la cima de una montaña, una gran roca cayó tapando la entrada de dicha cueva. Uno de ellos le dijo a otro: hombre, nada va a salvarte de esta calamidad a no ser que confieses honestamente tus fallas ante Dios. ¡Vamos! Por Dios di lo que has hecho y menciona tus pecados. Uno de ellos dijo: mi Dios, Tú sabes que una vez admiré mucho a una mujer y pagué mucho dinero para obtenerla. Cuando la obtuve y me acosté con ella, recordé el infierno y la dejé por temor a Ti. ¡Ay Dios mío, sálvanos de esta roca! La roca empezó a romperse. Seguidamente el otro dijo: Dios mío, Tu sabes que un día contraté a algunos hombres para arar mi terreno por medio dirham para cada uno. Habiendo terminado su trabajo, les di su pago. Uno de ellos dijo, he hecho el trabajo de dos personas. Por Dios que no tomaré menos de un dirham. Dejó su pago. Aré mi tierra por medio dirham. La tierra dio muchos frutos. El hombre regresó y dijo que quería su medio dirham. Le pagué diez mil. ¡Ay Dios, Tu sabes que lo he hecho es solo por temor a Ti, por lo tanto sálvanos de esta roca! La roca se movió un poco. Se miraron el uno al otro. El tercero dijo, ay mi Señor, Tu sabes que un día yo traje un vaso de leche a mi madre y a mi padre pero ellos dormían. No puse el vaso a un lado pues temía que algún insecto le fuera a caer adentro, y tampoco quería despertarles para no perturbarles su sueño. Así que me quedé parado con el vaso de leche en la mano hasta que mis padres se despertaron y se la bebieron. Mi Dios, Tu sabes que eso lo hice por temor a Ti, por favor sálvanos de esta roca. A seguir la roca se movió hasta que los tres hombres pudieron encontrar la salida”.
El Profeta (PB) finalmente dijo: “quien es sincero con Dios, Él le salvará”.1
 
Extraído del libro El arrepentimiento, la cuna de la Misericordia
Editorial Elhame Shargh
Todos derechos reservados.
Se permite copiar citando la referencia.
Fundación Cultural Oriente

1 bint significa hija de. Esta es María, la madre del profeta Jesús (P)
2 Al-Jisâl, p. 195.
1 Abul Qasim es el apellido del Profeta del Dios(PB)
1 El estado de Ÿinâbah es el estado mayor de impureza (en el Islam) que se da después de la relación sexual.
[1] Las huríes son las beldades vírgenes del paraíso, las cuales han sido prometidas a los musulmanes como sus esposas.
[2] Bihârul Anwâr, Vol. 68, p. 282, al Jarâiÿ, p. 184.
[3] Los turquíes pertenecen al grupo de los centroasiáticos del  cual deriva el imperio Otomano [N. del T.]
1 Ruh al-Bayân, Vol. 2, p. 225.
1 Ibíd., p. 235.
1 Bihârul Anwâr, Vol. 47, p. 145-146.
1 Bihâr ul-Anwâr, Vol. 94, p. 20.
1 Mahaÿatul Baydâ’, Vol. 7, p. 267.
1 Manhaÿ as-Sâdiqin, Vol. 8, p. 110.
1 Nur as-Zaqalain, Vol. 3, p. 249.
Historias de los arrepentidos y suplica.jpg
Bajar el archivo PDF: 
Tema: