Carta de Imam Ali (P) a su hijo Hasan (P)

Carta de Imam Ali (P) a su hijo Hasan (P)
 
Hijo mío, como lo que te concierne me concierne igualmente, te escribo esta carta para que ella te proteja, durante mi vida como después de mi muerte.
¡Cuántas cosas existen que tú ignoras, ante las cuales tu espíritu permanece perplejo y tu razón se extravía, pero que a continuación acabas por comprender! Ponte bajo la protección de Aquel que te ha creado, que te ha dado de qué vivir, y que te ha formado tan bien. Es a Él a quien debes hacer tus devociones, a Él  a quien tú debes aspirar y es a Él a quien debes temer.
Sepas, hijo mío, que nadie ha hablado de Dios tan claramente como el Profeta Muhammad (que Dios lo bendiga, así como a su familia). Acéptalo como iluminador y como guía hacia la salvación.
Sepas, hijo mío, que si tu Señor tuviese un asociado, éste hubiese enviado mensajeros, se verían las marcas de su realeza y de su poder, y se conocerían sus actos y sus atributos. Pero es un Dios Único, como Él se describe a Sí mismo, sin tener oponente alguno en Su reino, Eterno en el pasado y en el futuro; anterior a la creación, Él no ha tenido comienzo; posterior a la creación, Él no tendrá fin. Él es demasiado grande para que Su soberanía pueda ser abrazada o demostrada por la inteligencia o por la vista. Cuando hayas reconocido estas verdades, actúa como conviene a tus semejantes, en la pequeñez de sus pensamientos, la insignificancia de su poder, la enormidad de su incapacidad y la inmensidad de la necesidad que ellos tienen de Su Señor. Busca obedecerle a Él, teme Su castigo, y ten aprensión de Su cólera, porque Él no ha ordenado sino aquello que es bello y no ha prohibido sino aquello que es feo.
Hijo mío, te expongo los caracteres de la vida inmediata, su aspecto efímero e inestable y te explico lo que es la vida futura y lo que espera a sus huéspedes. Al sujeto de la una y de la otra, te propongo parábolas para que las medites y las pongas en aplicación.
Aquel que conoce bien la vida es como un pueblo de viajeros que, huyendo de una tierra árida se dirigen hacia un país fértil, de campiñas ricas en pastos. Soportan las fatigas del recorrido, la separación de los amigos, la incomodidad del desplazamiento y la grosería de la comida, para alcanzar un hogar espacioso y una estancia estable.
En esta perspectiva, nada les parece demasiado penoso y no lamentan ningún gasto. Nada les es más agradable que aquello que les acerca a la llegada y reduce la distancia que los separa de su meta. Aquel que por el contrario se deja seducir por este bajo mundo, es semejante a un pueblo que, después de haber vivido en un país fértil, se encamina hacia una región estéril. Nada le es más odioso o más deplorable que el abandonar aquello que poseía, para precipitarse hacia un porvenir incierto.
Hijo mío, en tus contactos con otro, tómate a ti mismo como criterio: desea para tus semejantes lo que deseas para ti y evítales lo que tú querrías evitarte. Igual que a ti no te gustaría ser burlado, no te burles de otros; actúa con ellos tan bien como te gustaría que actuasen contigo; desaprueba de tu parte lo que desapruebas de la suya y admite para ellos lo que admites par ti. No hables de lo que no sabes aunque sepas un poco, no digas lo que no te gustaría se dijese de ti.
Sepas que la vanidad es contraria a la sabiduría, y que es la plaga de la inteligencia. Sé valiente en tu trabajo, y no seas el tesorero de otro. Si encuentras el buen camino, muéstrate tan humilde como puedas para con tu Señor.
Sepas que tienes delante de ti un largo trayecto, atestado de dificultades. Es indispensable que reconozcas bien el recorrido, guardando a la vez una cierta libertad de movimientos. No te sobrecargues, pues la pesadez de tu fardo te traería perjuicio. Si encuentras necesitados para llevar tus provisiones hasta el día de la resurrección, y para devolvértelos mañana, allí donde tengas necesidad, no dejes de cargarlos y provéelos abundantemente mientras puedas, porque puede suceder que busques y no encuentres. Aprovéchate de aquel que te pide prestado cuando estás en la abundancia para devolvértelo el día que estés necesitado.
Sepas que tienes ante ti una cuenta muy pendiente, sobre la cual se está más cómodo cuanto menos cargado se está, y donde cuanto más de prisa se vaya menos se sufre y que tú no descenderás por ella sino hacia el paraíso o el infierno. Estudia bien el terreno antes de descender y prepara tu morada antes de ocuparla, porque tras la muerte no existe ni perdón ni posibilidad de volver a este mundo.
Sepas que Aquel que tiene entre Sus manos los tesoros de los cielos y de la tierra te ha permitido que Le ruegues y te ha garantizado una respuesta. Te ha ordenado que Le pidas para que Él te dé, y que Le implores Su piedad para que Él te haga misericordia. No ha designado a nadie para que se interponga entre Él y tú, y no te ha puesto en la obligación de recurrir a Él por medio de un intercesor.
No te dejes extraviar por el ejemplo de aquellos que idolatran la vida inmediata y se consagran a ella con un furor animal.
Dios te ha informado sobre este bajo mundo; este último te deja él mismo entrever su fin y te descubre sus taras. Sus adeptos no son sino perros aulladores, bestias feroces que se despedazan las unas a las otras, los más poderosos devorando a los más débiles, los más grandes maltratando a los más pequeños. Son semejantes a cabezas de ganado de las cuales algunas están trabadas, mientras que otras, habiendo perdido sus ataduras, abandonadas, ¡vagabundean al azar, tropeles calamitosos en un valle escarpado! No tienen ni pastor para conducirlas, ni dueño para marcarlas; la vida les conduce por el camino de la ceguera y desvía sus miradas del faro del buen camino; erran en su perplejidad, se ahogan en su opulencia, y la toman por divinidad; ¡ella juega con ellos y ellos juegan con ella, olvidándose de lo que debe venir tras ella!
Pero poco a poco el día sucede a las tinieblas, ¡como una caravana llegando a su etapa! Aquel que se apresura está presto a reunirse con ella.
Sepas con certeza que no obtendrás lo que esperas, que no irás más allá de tu término, y que estás sobre el camino de aquellos que te han precedido. Reduce tus exigencias y gana tu vida honestamente. En efecto, a fuerza de perseguir los deseos, frecuentemente se va a la perdición; aquel que pide, no siempre obtiene, y aquel que se conduce con rectitud no es frustrado siempre. Preserva tu alma de toda mancha, incluso si ella te lleva hacia las tentaciones, pues, si cedieses la menor parcela, nada sabría reemplazarla. No seas el esclavo de otro, en tanto que Dios te ha creado libre. ¿Qué satisfacción se puede obtener de un bien que no se obtiene sino haciendo el mal, o de una comodidad a la cual no se llega sino a fuerza de vivir en la molestia? No te dejes llevar por las monturas de la codicia hacia la aguada de la perdición. Si puedes, haz de forma que no haya entre Dios y tú ningún bienhechor, pues de todas maneras obtendrás tu parte y dispondrás tu lote. Un don ínfimo de Dios -Gloria a Él- es más importante y más noble que abundantes presentes venidos de Sus criaturas, aunque todo proviene de Él.
 
Extraído de la Revista Kauzar no. 32
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